Tercera directiva, el bien común (Tercera Parte)Escrito por JOSEP JOVER I PADRO el 17/06/2026 a las 19:07:12363
(Advocat i gestor de conflictes) Sin embargo, la encíclica plantea un segundo frente, que es el transhumanismo. La encíclica cuestiona directamente la idea de que la mejora técnica del ser humano pueda convertirse en criterio supremo de legitimidad, como si dignidad y rendimiento fueran lo mismo o como si la persona necesitara actualizarse para merecer respeto.
Esta crítica va al corazón de una determinada cultura tecnológica, especialmente la que imagina el cuerpo, la mente y la vida social como espacios de optimización permanente. La Unión Europea no entra ahí. Regula usos, riesgos, sesgos y daños; no debate el credo antropológico que a veces los inspira. En este punto no puede hablarse ni siquiera de paralelismo parcial. El derecho europeo no contradice necesariamente a la encíclica, pero tampoco formula una respuesta equivalente. Simplemente no combate en ese frente.
Lo más preciso es decir que la encíclica ofrece un horizonte moral más amplio, mientras la UE despliega un sistema normativo más fino y coercitivo para partes concretas del problema. Sus niveles de exigencia, por tanto, no son idénticos, pero sí mayoritariamente compatibles. La Unión Europea es más dura en lo operativo: impone clasificación de riesgos, obligaciones de documentación, deberes de notificación, evaluaciones, controles, auditorías y sanciones.
Magnifica Humanitas, en cambio, es más dura en lo sustantivo: exige subordinar la técnica al bien común, proteger la verdad pública como condición democrática, rechazar la lógica transhumanista, denunciar las nuevas formas de colonialismo digital y cerrar la puerta a la autonomía letal de las máquinas. Bruselas disciplina procesos; la encíclica impugna derivas de civilización.
La cuestión de si cubren las mismas áreas admite, por tanto, una respuesta matizada. Sí coinciden ampliamente en derechos fundamentales, gobernanza de riesgos, seguridad, trazabilidad, responsabilidad, control del poder algorítmico y protección frente a ciertos abusos. Coinciden parcialmente en verdad pública, trabajo, datos, democracia y cadenas de suministro. Y divergen de forma clara en guerra autónoma y en crítica de fondo al transhumanismo.
No se pisan exactamente el terreno, pero tampoco son universos estancos. Más bien se tocan, se superponen y, a ratos, se delatan mutuamente. La encíclica muestra hasta dónde podría llegar una crítica moral coherente de la técnica; la UE muestra hasta dónde está dispuesta hoy una democracia liberal a regularla sin renunciar del todo a los beneficios económicos y geopolíticos que también espera de ella.
Ahí está, en el fondo, la tensión más reveladora. Europa regula la inteligencia artificial porque teme sus daños, pero también porque quiere aprovechar su potencia. La encíclica la examina desde una sospecha más radical: no basta con gobernar bien una herramienta si la herramienta empieza a reorganizar la idea de verdad, de trabajo, de cuerpo, de responsabilidad y de comunidad. Dicho de otra manera, la UE pregunta cómo contener los riesgos de la IA; Magnifica Humanitas, pregunta además qué ocurre cuando una sociedad entera se acostumbra a pensar que todo lo humano puede ser administrado como sistema. Y esa segunda pregunta, bastante más incómoda, no cabe fácilmente en un reglamento, por extenso que sea y por mucho que adore Bruselas la paginación normativa.
Y Trump, Jensen Huang, Elon Musk, Sam Altman, Sundar Pichai, Alex karp, Jeff Bezos, Tim Cook, Larry Fink o Mark Zuckelberg prefieren no bajarse de su guindo. Josep Jover Noticias Relacionadas:La verdad es un bien común. Tercera directiva (seguna parte) El Papa más tecnológico La encíclica papal y Bruselas (primera parte) |