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Robots pidiendo limosna en China: la automatización llega al último oficio

Escrito por JOSEP JOVER I PADRO el 24/06/2026 a las 19:41:00
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(Advocat i gestor de conflictes)

Nadie ha reivindicado la operación, pero la escena ya resume bastante bien el absurdo laboral de la era de la IA

 

Primero dijeron que los robots nos quitarían los trabajos repetitivos. Después, los trabajos creativos. Ahora, en China, han decidido probar suerte también con la mendicidad, ese nicho de mercado que hasta hace poco parecía razonablemente protegido por la falta de capital inicial. El futuro, por lo visto, no solo viene a sustituir al oficinista: también se arrodilla en la acera con un código QR. No hay oficio humilde que no aspire a ser disruptivo.

 

En los últimos días se han difundido en redes chinas imágenes y vídeos de robots humanoides colocados en calles de Fuzhou, Pekín y Chengdu en actitud de súplica. Algunos aparecen de rodillas, con las manos juntas; otros, en cuclillas ante un cartel. Delante, un cuenco para monedas. Al lado, lo verdaderamente contemporáneo: un código QR para recibir pagos digitales. La pobreza, automatizada, conserva la liturgia tradicional, pero optimiza la conversión.

 

Según HK01, los mensajes varían: desde peticiones para pagar la factura de la luz hasta frases sobre la falta de dinero para recargar. En algunos vídeos citados por medios chinos, una voz grabada repite que “la vida no es fácil” y que el robot lleva días sin poder cargar batería. Hay incluso acompañamiento musical triste, porque ninguna tragedia moderna está completa sin una banda sonora suficientemente manipuladora.

 

El detalle técnico añade una capa de sarcasmo involuntario. Los aparatos parecen ser Unitree G1, humanoides de una compañía china que se ha convertido en una de las referencias visibles del sector. No hablamos de una lata con ruedas ni de un juguete con altavoz: el G1 es un robot comercial avanzado, presentado como plataforma para investigación y desarrollo, con articulaciones complejas, sensores y capacidades de movimiento que lo han hecho viral en demostraciones tecnológicas. Su precio de entrada se ha situado en torno a los 16.000 dólares. Es decir: para pedir limosna con solvencia ya conviene tener un presupuesto que muchos trabajadores humanos no verán reunido en años.

 

De momento, no se sabe quién los ha colocado ahí ni con qué intención. No hay una reivindicación pública clara, ni una explicación oficial que permita cerrar el caso. La hipótesis del mendigo que invierte en un humanoide para delegar la faena se cae por su propio balance contable. La del bromista solitario tampoco encaja del todo si realmente los robots aparecieron en varias ciudades casi al mismo tiempo. Quedan, por tanto, las opciones habituales de nuestro tiempo: campaña de marketing, performance artística, protesta tecnológica o simple experimento viral diseñado para que todos hagamos exactamente lo que estamos haciendo.

 

La escena funciona precisamente porque no necesita explicarse demasiado. Un robot pidiendo dinero para pagar la electricidad es una broma sencilla, casi infantil, pero toca varios nervios a la vez: la ansiedad por la automatización, el espectáculo de la pobreza, la economía del QR, la fascinación por las máquinas y la facilidad con la que convertimos cualquier rareza urbana en contenido global. La pregunta no es solo quién programó al robot, sino quién programó a los transeúntes para detenerse, grabarlo, reírse, discutir y, en algunos casos, darle dinero.

 

Ahí está la parte más incómoda. Que alguien deje una moneda a una máquina no significa que crea que el robot sufre. Puede ser una propina por el espectáculo, una broma, una foto más cara de lo habitual o una forma de participar en el meme. Pero también revela algo menos elegante: la compasión contemporánea ya no siempre distingue entre necesidad y puesta en escena. Si el dispositivo está bien colocado, si el cartel es tierno y si el QR funciona, la emoción circula. Luego ya veremos si había un ser humano detrás, una empresa, un artista o un community manager con demasiadas horas libres.

 

China es, además, un escenario especialmente fértil para esta rareza. El país ha convertido la robótica humanoide en escaparate industrial, orgullo tecnológico y promesa económica. Sus robots bailan en galas televisivas, corren medias maratones con asistencia humana, boxean en ferias y aparecen en vídeos diseñados para demostrar que el futuro ya camina, aunque a veces tropiece. Que ahora uno de ellos se arrodille en la calle pidiendo “electricidad” no contradice ese relato: lo perfecciona con una mueca.

 

Lo más probable es que estos robots mendigos no inauguren una nueva profesión automatizada, sino un nuevo formato de propaganda involuntaria sobre el presente. Nadie cree seriamente que las aceras chinas vayan a llenarse de humanoides sin recursos. Pero sí es fácil imaginar que la escena se repita, se copie y se refine, porque tiene todos los ingredientes de una época que confunde innovación con impacto visual y debate público con viralidad.

 

El resultado es una postal perfecta: una máquina cara simulando precariedad para pedir dinero a humanos que quizá temen ser reemplazados por máquinas caras. No sabemos quién está detrás. Pero, por una vez, el anonimato del programador mejora la obra. La autoría importa menos que el chiste: incluso la limosna, último refugio de lo humano cuando todo falla, ya tiene versión con batería, código QR y estrategia de contenidos.

 

Y es que “quien siembra automatización, recoge pobres con batería”. Futurama ya está aquí.

 

Josep Jover