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Las automágicas Apps del futuro

Escrito por Carlos Cosials el 12/03/2019 a las 23:13:19
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(ALM/IoT Business Consultant)

Y entonces, con una App, que ya desarrollaremos, accederemos y podremos ver los resultados al momento”. Si no has escuchado esta frase en alguna reunión, te quiero inquietar e informar de que estás viviendo en el pasado. Si la has escuchado, te confieso que me he animado a escribir este artículo con el principal propósito de compartir mis actuales inquietudes, ante la nueva oleada de Apps que se avecinan.

 

Generalizando podríamos decir que las TIC son la última disciplina tecnológica sobre la que se aplica una creencia más religiosa que racional y donde los técnicos especializados devienen una especie de mediums o chamanes. Para mi es una realidad bastante insatisfactoria. La tribalizacion del ámbito nos está llevando a una perniciosa espiral de simplificación, que nada tiene para los que vivimos de y dentro de estas tecnologías. Cierto es que son una disciplina que promueve la apertura, en donde radica gran parte de su éxito y que nunca se cerró a colegios, que certificarán su conformidad a la ortodoxa práctica, como si ésta fuera inexistente. Pero esto ha provocado una cierta paradoja, pues mientras ha crecido la acepción, sin limitaciones a lo largo del tiempo, en parte ha provocado una cierta banalización, contra la que con demasiada frecuencia se debe luchar.

 

La irrupción de las Apps [nativas y móviles], surgidas eminentemente del ámbito de consumo y popularizadas mediante sus accesibles y asequibles ‘market’, ha devenido una disrupción prominente en el ámbito empresarial, al comportar retos a cubrir, en ámbitos que no se priorizaban como críticos en el ámbito del consumo personal. Robustez y seguridad, junto con fidelidad de la información procesada y mostrada, son los asuntos que se priorizan en cualquier proyecto TIC de ámbito empresarial y que retrasan o frustran su implantación, en el caso de no ser alcanzados, en un grado de aceptación y/o conformidad.

 

Pero ante esta paradójIca situación, el advenimiento de otras “aplicaciones”, que en algunos entornos se las empiezan a acuñar como “experiencias”, aplicadas en terminales de última generación, como serían “gafas inteligentes” o tabletas con cámara, que facilitan y habilitan el despliegue de experiencias de Realidad Aumentada, están llamadas a ser el ulterior reto del despliegue tecnológico.

 

Estas experiencias, que combinan señales del terminal con informaciones exógenas, provenientes de distintas fuentes y tipología, proporcionan lo que podríamos denominar una vivencia mágica. El dispositivo/terminal de interacción, “inteligentemente”, obtiene lo natural, lo cercano, lo que nos confirma que la experiencia está siendo vivida , en “tiempo real”, mientras lo vemos a través de su pantalla/prisma, mientras, en paralelo, lo combina, lo “sobreimprime”, con lo artificial y lejano que se obtiene, mediante descarga inalámbrica, para proporcionar una sensación aumentada de la información disponible, combinando la natural y próxima con la artificial y lejana.

 

Y aquí surge el conflicto, entre lo entregado y mostrado con lo adquirido y procesado. En nuestro tránsito a la aceptación de lo digital como una realidad más, de cariz distinta de lo natural, aceptando el artificio que ha comportado su procesado/transmisión/representación, hemos evolucionado, aunque menos de lo esperado por los técnicos, en la comprensión generalizada de cuál es el entramado que lo sustenta.

 

Sabemos que hay redes de comunicaciones, sublimadas hoy en la Internet; que hay procesadores ultrarrápidos, capaces de gobernar un coche autónomamente y una capacidad galáctica de almacenar información, que ha hecho de nuestro cerebro una mera caché celular, mientras se ignora cuál es la arquitectura diseñada, que soporta a todos estos nuevos negocios (de lucro dudoso) y que se basen en un enfoque platamórfico, para escalar sin aliento.

 

He de confesar que me indigna que todos los voceros (tildados así por su gran altavoz pero minúsculo resonador), que refieren esas propuestas empresariales, alaben los alcances y consecuciones a una suerte de magia, inalcanzable para el resto de los humanos, técnicos o no, gracias a la sabiduría de una especie de alquimia tecnológica que les ha comportado el éxito. Y no es cierto. Lo cierto, lo contrastable, es que hay todo un colectivo, pluridiscipinar, de personas que cejan su empeño en conseguir esos propósitos y que atienden a, y obligatoriamente comparten, una visión arquitectónica del entramado tecnológico, que da respuesta y sustenta la propuesta de valor. No hay magia y sí mucha química y física.