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La hoguera de lo inmediato

Escrito por Mario Agudo el 05/02/2019 a las 18:48:27
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La evolución histórica de los medios de comunicación ha tenido como constante la carrera continua por la inmediatez. A medida que se iban produciendo avances tecnológicos –de la prensa escrita a la radio, de la radio a la televisión y de la televisión a Internet-, la distancia entre el acontecimiento y su relato se iba estrechando cada vez más. En todo este devenir, la iniciativa informativa siempre ha pertenecido a los propietarios del canal, lo que les permitía dominar el flujo comunicativo, de manera que el ritmo de las informaciones era fijado, de alguno u otro modo, por los medios, que detentaban el monopolio del mensaje. Estamos ante un paradigma lineal, en el que las informaciones se proyectan sobre una masa, más o menos heterogénea, que no tiene la capacidad de responder en igualdad de condiciones y suele percibir e interpretar la actualidad a través de lo que proyectan los medios, tal y como Walter Lippman, pionero en los estudios sobre opinión pública, insinuara allá por los años 20 del siglo pasado.

 

Las redes sociales, que irrumpieron en el panorama mediático a comienzos de este siglo, se han presentado como el amenazante desafío de este modelo. La linealidad que había caracterizado la relación de los medios con sus públicos se ha roto. Cualquier persona, grupo o institución tiene suficientes herramientas como para emitir mensajes con cierto alcance y, por tanto, la potencialidad de convertirse en influyente. Sin embargo, esta prometedora “democratización” de los canales de información, plantea situaciones de riesgo nada desdeñables. Los ciudadanos no recibimos mensajes solamente de los medios de comunicación, sino también de nuestro entorno virtual, a veces mucho más nutrido que el real. En consecuencia, estamos sometidos a una sobreinformación diaria cuyo impacto sobre nuestra manera de interpretar la actualidad todavía no ha sido lo suficientemente dimensionado.

 

Los que nos tuvimos que dedicar al estudio de la influencia que las redes sociales podrían tener sobre los medios de información tradicional, nos enfocamos en un primer momento en su capacidad para introducir nuevos temas en la agenda. Ante un hipotético escenario de pérdida del monopolio de la emisión de los mensajes, cabría pensar que otros actores podrían alterar la hasta entonces férrea agenda setting. Sin embargo, lejos de haberse producido modificaciones sustanciales en este sentido, pues en líneas generales seguimos generando opinión sobre los temas que los medios ponen sobre la mesa, lo que se ha constatado es que las redes han terminado de apuntalar la dictadura de lo inmediato. No estamos hablando ya de una mayor o menos proximidad temporal del acontecimiento informativo a su relato, sino prácticamente de simultaneidad, de tiempo real. Cualquier persona, con su Smartphone, puede transmitir en directo lo que está aconteciendo.

 

La carrera por ser el primero en informar tiene dos consecuencias devastadoras: la superficialidad y la imposibilidad de retención de los acontecimientos. Las noticias se suceden a una velocidad tal, que apenas hay tiempo de profundizar en su elaboración, en contrastar fuentes, analizarlas y mostrar la versión más ajustada posible a la realidad. La vorágine informativa alcanza tal celeridad, que los receptores tampoco tienen tiempo de procesar el relato de forma adecuada, por lo que se quedan en la lectura del titular y, a lo sumo, una pequeña parte de la información. La práctica del clicbait es un dramático testimonio de esta contundente realidad, que se agrava con el creciente peso de la imagen en detrimento del texto y de la lectura. Pero es que además, a fuerza de estar expuestos a decenas o cientos de noticias, posts, memes y otro tipo de contenidos diarios, nuestra memoria es incapaz de retener más que algunos retazos, lo que acaba por derivar en una intensificación del presente en perjuicio de la perspectiva temporal.

 

Superficialidad y ausencia de memoria se combinan en detrimento de nuestra capacidad crítica, la gran perjudicada de estos nuevos tiempos, en los que la formación humanística de nuestros congéneres experimenta un grave retroceso. En este contexto, lo visceral se impone sobre lo racional y deja el terreno abonado para la manipulación más grotesca. Juzgamos los acontecimientos en función de dos o tres pinceladas que, en muchas ocasiones, son incluso falsas, ayudados por arquetipos que nos asisten en la laboriosa tarea de procesar la información que desfila ante nuestra mirada cada día, lo que no hace sino desembocar en actitudes sectarias. Nuestro sentido común parece derretirse en la hoguera de lo inmediato y muchos son presa fácil de bulos interesados que no tienen otra intención que generar la confusión para pescar en río revuelto.

 

Ante esta coyuntura, los medios de comunicación deberían asumir el liderazgo de la responsabilidad social. El futuro de la profesión periodística no debe pasar por entrar en esta frenética ruleta de acontecimientos noticiosos enarbolando la bandera del sensacionalismo, sino en ofrecer su análisis pausado y profundo. Sin embargo, la mercantilización de la información es un cáncer que está acabando con el rigor informativo, la falta de recursos en las redacciones acentúa esta perniciosa tendencia y la carencia de escrúpulos de determinados poderes fácticos, a los que se sigue el juego desde la bancada mediática de turno, hacen que, de momento, esta llamada no sea más que una quimera.

 

Pero no todo está perdido. Nuestro futuro común pasa por no bajar la guardia, tratar de mantener una visión crítica de la actualidad y no sucumbir a los crecientes intentos de manipulación a los que somos sometidos desde diferentes sectores. Solo afinando nuestra capacidad de análisis y apostando por una sólida base humanística que nos proporcione las herramientas adecuadas para pensar con libertad, podremos apagar el fuego que aviva la hoguera en la que la dictadura de lo inmediato ha consumido buena parte de nuestro sistema de convivencia.