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Medios militantes y fanatismo virtual

Escrito por Mario Agudo el 26/09/2017 a las 11:41:00
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La dictadura de la inmediatez juega a veces malas pasadas a los medios de comunicación. Lo que antes podía planificarse de forma sosegada y bajo la estricta mirada de los jefes de sección, puede hacerse viral de forma accidental hasta dejar a la cabecera en cuestión en paños menores. El pasado 19 de septiembre presenciamos una modificación sobre la marcha que dejaba a las claras un interés manipulador. El diario El País llevaba a su portada digital este titular: “Iglesias propone una asamblea de parlamentarios y alcaldes para pedir un referéndum pactado”. Minutos después, el titular mudó a otro mucho más contundente y sesgado: “Podemos convoca una asamblea para apoyar en toda España el separatismo”. Huelga cualquier comentario al respecto.

 

Hemos señalado este caso por ser el más reciente, pero este tipo de titulares incendiarios, acompañados de editoriales y columnas de opinión de marcada militancia, están a la orden del día. No hay más que echar un vistazo a los principales medios del país en días tan agitados como los presentes o mirar ligeramente atrás, al mes de agosto, con motivo de los trágicos atentados de Las Ramblas y Cambrils. Ni siquiera en el momento de mayor duelo, los medios fueron capaces de mantener la compostura. Como era de esperar, todos interpretaron los atentados en clave de la rivalidad España-Cataluña o, mejor dicho, Gobierno central-Gobierno autonómico. Por quedarnos con dos ejemplos del esperpento, uno de cada opción, podemos elegir el día 19 de agosto entre El País, que bajo el título “Terroristas muertos” relacionaba los atentados con el conflicto político catalán o el diario Ara que, en la columna de Suso de Toro, daba su versión torticera de los acontecimientos bajo un gráfico titular: “Dos países, dos realidades”.

 

Me declaro incapaz de interpretar en profundidad el devenir que tendrán los acontecimientos en el ámbito territorial español. El clima de tensión ha llegado a tal punto que una vuelta al statu quo anterior se antoja inviable. La situación es tan compleja y está tan enquistada, que exige de todos nosotros una mayor altura de miras, una visión más sosegada y menos visceral, un diálogo más sincero y con menos órdagos. Sin embargo, los medios de comunicación juegan un papel fundamental en este sentido y, por lo que hemos visto, hoy por hoy es lamentablemente desestabilizador. Ya planteaba Walter Lippman en su obra Public Opinion, allá por los comienzos del siglo XX, que los medios nos ayudan a interpretar la realidad, afirmación que McCombs y Shaw reutilizaron en 1972 para enunciar su teoría de la Agenda Setting, que afirma que nuestra opinión se conforma sobre los temas que proponen los medios y en la dirección que estos apuntan. De esta capacidad de influencia, sobradamente demostrada, debería derivarse un sentido de responsabilidad social de la cual adolece el sector de los medios de comunicación de nuestros días. Aunque quizás nunca existió. Mientras escribo estas líneas me viene a la memoria el activo papel que jugó el magnate William Randolph Hearst en la agitación de la sociedad norteamericana contra los españoles para justificar una intervención bélica en Cuba, estudiado magistralmente por el gran Manu Leguineche en su “Yo pondré la guerra”(1998).

 

Volviendo a nuestros días, hay quien puede asegurar que las Redes Sociales se presentan como una alternativa informativa a los medios tradicionales, pero nada más lejos de la realidad. Si bien es cierto que han contribuido a modificar de alguna manera la forma y, sobre todo, la frecuencia con la que recibimos la información, para nada han redundado en una mayor salud informativa, todo lo contrario. Sin tener en cuenta honrosas excepciones, una pequeña travesía por nuestros timelines en Twitter, Facebook o Instagram, por citar las plataformas más utilizadas, nos adentra en un mundo de superficialidad, demagogia, manipulación y radicalismo más propio de los nueve círculos del infierno de Dante que de un lugar donde informarse dignamente. No parece el mejor refugio para aislarse del ruido, sino más bien la puntilla definitiva para nuestro entendimiento.

 

El tiempo que transcurre entre la sucesión de los acontecimientos y su relato informativo es prácticamente nulo. La vieja quimera de la inmediatez, el anhelo de la profesión periodística, se ha conseguido, pero el peaje que hemos pagado ha sido elevado. Vivimos el mundo del tiempo real, las noticias se suceden sin espacio para la reflexión. Sin profundidad de tratamiento nos quedamos en lo superficial. Las opiniones no están, en la mayoría de los casos, fundamentadas en una lectura amplia y sosegada, sino en un vistazo rápido a tres o cuatro líneas que difícilmente pueden aportar más que una ligerísima visión de los acontecimientos. Con estos mimbres, la capacidad crítica se diluye y la visceralidad entra en escena. Una de las principales víctimas de esta dinámica es la memoria. Los temas van a la papelera sin solución de continuidad y nuestras fobias y preocupaciones migran sin criterio alguno hacia los temas que nos ponen sobre la mesa, como esos encadenados que encerrados en la caverna platónica creían conocer la realidad a partir de las sombras que veían proyectadas sobre la pared de su prisión.

 

Superficialidad, falta de reflexión, visceralidad y olvido son los ingredientes perfectos para manipular impunemente. Ante este panorama, lo de menos es la veracidad de la información. Lo más importante es que esta apoye o refuerce uno u otro argumento, sin que el sectarismo constituya el más mínimo escollo. La mentira aflora adornada con visos de realidad, en los casos de mayor elaboración. En otras ocasiones es tan grosera que causa risa si no se tratara de temas que afectan de forma directa a nuestro futuro. Es entonces cuando la información se torna en propaganda, en un mensaje que llama a la puerta de nuestros sentimientos para terminar de matar la escasa esperanza reflexiva que se alojaba en lo más íntimo de nuestro ser. Lo que ahora llaman la era de la post-verdad, que siempre ha existido, pero de forma menos viral y presente en nuestras vidas. Es entonces cuando nuestra racionalidad claudica y el fanatismo nos posee para transformarnos en lo que no éramos. Una mala receta para estos tiempos convulsos.

Mario Agudo Villanueva