La realidad, la ficción y la tecnologíaEscrito por Josep M Vilà Solanes el 15/09/2026 a las 18:45:45278
Conduzco por una preciosa carretera que atraviesa el macizo de las Gavarres.
—Mirad que hermoso paisaje estamos atravesando ahora —les digo al resto de los pasajeros, formado por mi hija y mis dos nietos.
No hay respuesta. Todos miran su móvil. Pienso que el atractivo del hiperespacio es mucho más poderoso que el del simple espacio. Es más rico y proporciona más endorfinas que cualquier cosa que pueda contemplarse a través de la ventanilla.
Me viene a la mente un amigo que no quiere viajar porque dice que todo puede verlo por internet, cómodamente sentado en el sofá de su casa. ¿Quieres ver Roma? Todos sus rincones los puedes encontrar en Google y todas las fotografías que querrías hacer ya están tomadas y colgadas en infinidad de páginas web. Si además quieres aparecer tú mismo en la foto, con un buen editor gráfico también puedes conseguirlo. Todo ello sin las molestas colas en los aeropuertos, los taxis, los fastidiosos cambios de horario o de clima, el quebradero de cabeza del idioma y tantas otras incomodidades.
Al fin y al cabo, la realidad es aquello que la mente genera a través del cerebro. No es lo que ven los ojos, ni lo que transmiten los oídos o percibe la piel. La realidad es la ficción que la mente construye a partir de las señales que los sentidos hacen llegar al cerebro. Puede ser el paisaje por el que circulas, pero también el laberinto de mazmorras por el que persigues a los enemigos en un videojuego, para acabar con ellos. Todo es igualmente real para la mente y, en consecuencia, actúas girando la cabeza o moviendo hábilmente los dedos sobre un teclado o cualquier otro dispositivo. Vuelas, maniobras, disparas o das puñetazos dentro de un mundo que solo existe en tu cabeza, que es, al fin y al cabo, el lugar donde reside la realidad; al menos, la realidad que te importa en ese instante.
Esta ficción de la realidad es siempre personal. Puede ser más rica o más pobre, más detallada o más global, según la capacidad de cada cual. Así ha sido a lo largo de toda la historia de la evolución, que ha ido perfeccionando estas representaciones mentales para optimizar la adaptación al entorno. Pero ¿qué es realmente el entorno? Tendemos a pensar que está formado por las montañas, los ríos, las nubes o los mares y, también, por los demás seres vivos: la vegetación, los animales, las bacterias… Algunos dirían que ese es el mundo real. Pero se equivocan.
Lo único que realmente existe es aquello que llega a nuestros sentidos: radiaciones electromagnéticas de múltiples frecuencias procedentes de la Tierra, del Sol y de las estrellas; la atracción gravitatoria; las moléculas que flotan en el aire; la temperatura y la presión… Los seres que solo perciben las longitudes de onda que nosotros llamamos visibles construyen una realidad muy distinta de la de aquellos que también detectan el infrarrojo o de la de quienes no ven, pero perciben los ultrasonidos. La mente de los animales crea las ficciones necesarias para sobrevivir: la del peligro, que desencadena la huida o la defensa; la de la oportunidad, que permite encontrar alimento; la del apareamiento, que asegura la reproducción. Algunas especies no lo consiguieron y se extinguieron. Otras prosperaron. Y una de ellas acabó dando lugar a la que llamamos especie humana.
La primera gran revolución de la especie humana fue el lenguaje: la revolución metafórica que permitió asociar sonidos con significados y, de ese modo, poder compartir la propia ficción de la realidad con la de otro. De ahí nacieron el relato, el cuento o el mito, transmitidos oralmente de una generación a otra, a menudo ilustrados con dibujos en las paredes y casi siempre acompañados de gestos. Un paso más adelante apareció el teatro, en el que un grupo de personas transmite un mismo relato de forma coordinada. Como no es posible representar todos sus detalles, la ficción termina de construirse en la mente de cada uno de los espectadores.
La revolución siguiente fue la escritura: la revolución simbólica, que permitió registrar mediante símbolos los relatos orales existentes, o crear otros nuevos, y facilitar su difusión. Muchos siglos después, la imprenta hizo posible que esa difusión alcanzara todos los rincones del mundo. Más adelante, el cine y el vídeo, al registrar los relatos mediante tecnología audiovisual, dieron un impulso extraordinario a la construcción de universos imaginarios. En este caso, sin embargo, las imágenes aportaban muchos más detalles y dejaban menos espacio a la imaginación del espectador, aunque seguían ejerciendo una profunda influencia sobre sus propias representaciones de la realidad. La filosofía y, más tarde, la ciencia, se dedicaron a poner límites a las posibles interpretaciones de la realidad mediante principios racionales, como la causalidad, la fuerza o la energía. El arte, en cambio, hizo justamente lo contrario: romper toda clase de límites y otorgar una mayor libertad a la creación de ficciones.
Con la revolución simbólica también aparecieron los juegos, capaces de crear directamente un mundo ficticio que solo puede compartirse mientras dura la partida. A diferencia de los relatos, aquí el desarrollo y el desenlace no dependen del autor del juego, sino de las decisiones de los jugadores. Ya no se trata tanto de compartir distintas interpretaciones de la realidad como de compartir una ficción alternativa en la que todos aceptan las mismas reglas de funcionamiento. Esta realidad efímera también genera emociones y satisfacción. La digitalización de los juegos gracias a la informática, las telecomunicaciones e internet ha dado lugar a un producto mucho más versátil, inmersivo y adictivo de aquel mismo concepto. Probablemente, los pasajeros del coche mencionados al comienzo estaban inmersos en alguna de estas formas modernas de realidad simbólica: leyendo, viendo una película, jugando o interactuando en las redes sociales.
Ahora nos encontramos en los inicios de una nueva revolución: la revolución posthumanista, impulsada por la Inteligencia Artificial. Hemos empezado a dotar a los ingenios creados por el ser humano de la capacidad de percibir su entorno y actuar en consecuencia. En un principio, solo disponían de sensores y ejecutaban acciones programadas. Con los algoritmos de IA, estos sistemas son capaces de construir modelos muy sofisticados del mundo que los rodea y de compartirlos con los seres humanos.
Un buen ejemplo son los sistemas de asistencia a la conducción incorporados en muchos automóviles. Pueden interpretar las señales de tráfico, identificar obstáculos, calcular riesgos y advertir al conductor de la mejor maniobra o, incluso, frenar automáticamente cuando es necesario. Algunas versiones ya permiten una conducción totalmente autónoma, es decir, sin necesidad de compartir esas decisiones con los humanos. Asimismo, a partir de sus diferentes maneras de interpretar la realidad, pueden elaborar diagnósticos muy precisos en el ámbito sanitario a partir de los síntomas de los pacientes o descubrir, en la investigación científica, patrones y relaciones nuevas que habían pasado desapercibidos para los investigadores humanos. En esta nueva revolución son las máquinas las que crean las ficciones de la realidad, que después pueden compartir, o no, con los seres humanos.
Conviene recordar que las ficciones humanas también están influenciadas por otras anteriores, almacenadas en la memoria de cada individuo. La diferencia con los nuevos agentes artificiales es que estos disponen de una capacidad inmensamente superior para almacenar y procesar información, propia o ajena, por lo que la riqueza de las ficciones que pueden crear puede llegar a ser abrumadora.
Apenas estamos empezando a aprender a convivir humanos y agentes artificiales, con un inmenso potencial de enriquecimiento mutuo, pero sin saber adónde puede conducirnos esta convivencia ¿Será estable en el tiempo? ¿Nos proporcionará alguna ventaja evolutiva? ¿Compartirán estos agentes sus modelos entre sí y acabarán prescindiendo de los seres humanos? ¿Conservaremos siempre la capacidad de desconectarlos si sus decisiones no nos convencen? ¿O, sencillamente, nos acostumbraremos a elegir en cada momento aquella ficción de la supuesta realidad que nos propongan y que nos haga sentir más satisfechos, sin preocuparnos demasiado por nada más?
Porque, al fin y al cabo, como ya anticipaba Calderón de la Barca: “…que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.
Josep M. Vilà
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