La magia del Minuto Cero en las administraciones, para que el cumplimiento no sea un bluffEscrito por JOSEP JOVER I PADRO el 17/03/2026 a las 21:57:14605
(Advocat i gestor de conflictes) La Administración no tiene un problema con la Inteligencia Artificial. Ni siquiera con la IA que usan de tapadillo los funcionarios gandules. Tiene un problema bastante más viejo y menos glamuroso: memoria, método y una peligrosa afición a confundir “presentación” con “proceso”. La IA, en todo caso, actúa como amplificador: lo que antes era desorden discreto ahora puede convertirse en desorden automatizado, con interfaz bonita, proveedor entusiasta y la frase comodín de la década, la repetida “state of the art”, que viene a significar: “confía, pero no mires demasiado”.
El riesgo no es la tecnología, sino el hábito de comprarla como quien compra incienso. Porque si no hay inventario, si no hay trazabilidad y si no hay evidencias, no se está adoptando nada: se está comprando fe. Y la fe, en el sector público, tiene una tendencia feísima a terminar convertida en un expediente con olor a coartada.
De ahí la necesidad del “Minuto Cero”. No como eslogan, sino como puerta de entrada obligatoria antes de que cualquier caso de uso de IA (chatbots, motores de priorización, analítica predictiva, clasificación documental, apoyo a inspección) toque la fase de producción, condicione decisiones o empiece a generar consecuencias con el entusiasmo de una trituradora. La idea es tan simple que casi ofende: sin expediente mínimo de evidencias, no hay despliegue. Igual que no existe procedimiento administrativo sin expediente, tampoco existe “IA responsable” sin rastro verificable. Lo demás es teatro. Del bueno: con PowerPoint.
El primer choque con la realidad llega con el inventario. La Administración suele saber lo que cree que tiene y lo que hace, no lo que tiene y realmente hace. En IA eso es letal. Gobernar sin mapa equivale a gestionar por intuición y acta de reunión: una lista de casos de uso que nadie termina de explicar, sistemas que “estaban en piloto”, datos que “ya se verán”, decisiones que “solo se apoyan”. Un inventario serio exige responder, por escrito y sin poesía, qué hace el sistema, sobre qué datos opera, a quién afecta, qué decisión condiciona, qué margen de discrecionalidad introduce, qué error tolera y quién asume el coste del error. Spoiler: nunca lo asume el modelo. Ni el modelo ni el folleto.
La segunda pieza, siempre postergada por antipática, es la trazabilidad. Suena a auditoría, y la auditoría, como los semáforos, gusta mucho en abstracto pero molesta cuando toca parar. Sin trazabilidad, la IA se convierte en caja negra con sello público: no solo hay que saber qué versión del modelo estaba en marcha, sino también qué configuración, qué prompts si los hay, con qué datos se entrenó o validó cuando aplique, qué criterio de evaluación se utilizó, qué cambios se introdujeron, quién los autorizó, qué logs se guardan, cómo se gestionan incidencias y si existe la opción real de rollback. Porque el día que alguien pregunte por qué el sistema dijo “X” ayer e “Y” hoy, y la respuesta sea “no lo sé, pero funciona muy bien”, la Administración no habrá innovado: habrá institucionalizado el misterio. Y cuando el misterio falla, no se arregla: se investiga. Con paciencia, con lupa y con titulares.
Luego está la neutralidad, pero la neutralidad que se ve. En la Administración no es un estado de ánimo: es una condición pública. Y la IA trae un vicio viejo con traje nuevo: el piloto eterno. Ese piloto que no es piloto, sino una forma elegante de preadjudicar sin decirlo, estirando la prueba hasta que la prueba se confunde con la decisión. Pilotos sin criterios, sin evaluación, sin comparativa y sin una salida clara son la manera educada de afirmar “esto ya está decidido” sin escribirlo en ningún sitio. A eso se le suman las demos con escenografía institucional (logo, solemnidad, aplauso y vino español) capaces de fabricar la ilusión de que la Administración “recomienda” una marca, un modelo o una arquitectura. Después llega la sorpresa impostada: ¿por qué se empobrece la concurrencia?, ¿por qué todo acaba pareciendo un club? La solución no es prohibir hablar con proveedores; la solución es hacer lo que la Administración sabe hacer cuando quiere: separar roles, registrar interacciones, fijar reglas, documentar cómo se definieron requisitos y cómo se evaluaron alternativas. Transparencia de la incómoda, la que deja rastro.
La cuarta estación del vía crucis es la cadena de suministro. En IA, la dependencia no termina en el contratista principal: empieza ahí. Subencargados, modelos de terceros, actualizaciones que “mejoran” pero cambian el comportamiento, accesos remotos, telemetría, soporte que se convierte en control. Todo muy moderno, hasta que se descubre que el sistema ha mutado sin que nadie en el órgano responsable pueda explicar cuándo, cómo y por qué. Si no hay derechos de auditoría, controles de cambio, obligaciones de logging, pruebas periódicas y plan de reversión, la Administración no compra una solución: alquila una dependencia. No es maldad del proveedor; es incentivo. El problema es que el incentivo público no es vender producto: es responder ante ciudadanía, órganos de control y Derecho.
Y queda el quinto elemento, el menos fotogénico y el más decisivo: las personas. No comités decorativos que firman tarde; mentores de verdad, elegidos por impacto verificable y experiencia real, no por antigüedad o cargo nominal. Perfiles que hayan vivido despliegues, fallos, correcciones y el choque diario entre “lo legal”, “lo técnico” y “lo operativo”. Gente capaz de convertir el Minuto Cero en práctica, formar equipos y evitar que la gobernanza termine como tantas cosas: una carpeta olvidada en un servidor. Seleccionar mentores por cronología es una forma exquisita de preservar la rutina y expulsar a quien sabe.
La conclusión es poco épica y, por eso mismo, útil. Si la Administración quiere IA que sirva, necesita menos relato y más carpintería: inventario real, evidencias mínimas antes de desplegar, trazabilidad completa, neutralidad visible, cadena de suministro bajo control y mentorización orientada a resultados. Lo demás, la “transformación” sin expediente, es burocracia clásica con maquillaje digital. Y cuando ese maquillaje se corre, no queda innovación: queda responsabilidad.
Josep Jover |