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La libertad cambia de bando

Escrito por Josep M Vilà Solanes el 24/03/2026 a las 19:42:39
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En los años sesenta, veinte años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, el mundo vivía un período de crecimiento económico y de estabilidad que alimentaba el deseo de romper con un orden social anquilosado en fórmulas envejecidas. En este contexto, los jóvenes impulsaron una revolución cultural de gran envergadura, decididos a cuestionarlo todo en nombre de una libertad más amplia: la sexualidad desligada de tabúes, la emancipación femenina de los roles tradicionales, la moda como bandera de rebeldía con estilos más informales y provocadores —el bikini, la minifalda, la ropa deportiva—, la reivindicación de la plena propiedad del propio cuerpo —incluyendo el derecho al aborto, la redefinición del género, el consumo de drogas—, y un antibelicismo que quería cerrar, de una vez por todas, las heridas de la primera mitad del siglo XX. También sacudieron roles sociales profundamente arraigados, como el poder de la religión y de las jerarquías tradicionales, reclamando un espacio político y cultural que hasta entonces se les había negado a los jóvenes.

 

En Estados Unidos, este viento de cambio se mezclaba con la herida abierta de Vietnam y con la gran revolución que representó el movimiento por los derechos civiles. En Europa, adoptaba formas diversas: en Francia, el mayo del 68” unía estudiantes y obreros en un clamor multitudinario que, aunque no transformó el poder, sí transformó la sociedad introduciendo nuevos valores y dando más voz y peso a los jóvenes. En Portugal, la revolución de los claveles” puso fin a la dictadura de Salazar y a las guerras coloniales que desangraban el país. Y en España, el turismo y el cine del destape anunciaban, tímidamente, pero con insistencia, el fin del franquismo y los vientos de la futura transición política que vendría, pocos años después, tras la muerte del dictador.

 

En todo el mundo occidental, el grito juvenil coincidía con los procesos de descolonización, a través de los cuales pueblos enteros rompían las cadenas que los habían ligado a las metrópolis europeas. Y algo más adelante, la caída de la dictadura soviética haría pensar que la democracia y la libertad habían abierto un ciclo irreversible.

 

Mientras tanto, una nueva revolución —la digital— comenzaba a expandirse. Internet y la telefonía móvil prometían un mundo donde el conocimiento, las compras, los servicios y el ocio serían accesibles desde cualquier rincón del mundo. Era la promesa de una libertad nueva, rápida, global y sin intermediarios.

 

Era fácil creer, entonces, que el capitalismo con libertad y democracia era la fórmula perfecta para una prosperidad económica y social imparable. Las fuerzas progresistas conducían el relato colectivo de la libertad, mientras los sectores conservadores advertían de los riesgos de aquel entusiasmo y apelaban a la prudencia y a la importancia de los valores tradicionales.

 

Pero dentro de aquella gran ola de prosperidad había un monstruo que crecía en silencio: la desigualdad. El capitalismo generaba riqueza, pero tenía dificultades para distribuirla equitativamente, abriendo nuevas brechas entre las personas y entre los países. Las desigualdades económicas afectaban el acceso de los más desfavorecidos a la educación, la sanidad y la vivienda, un problema especialmente lacerante para los jóvenes, que incrementaba la presión migratoria y su dificultad de integración. Para corregirlo, los gobiernos progresistas recurrieron a medidas más solidarias con los desfavorecidos, que implicaban impuestos más altos y regulaciones más estrictas, que limitaban, inevitablemente, las libertades tanto de las empresas como de los ciudadanos.

 

También la prosperidad acelerada tenía consecuencias medioambientales, tanto por el consumo abusivo de materiales —petróleo, minerales, etc.—, como por el incremento de residuos y especialmente de gases nocivos —el dióxido y monóxido de carbono, los óxidos de nitrógeno y de azufre—. Para paliar el efecto hubo que imponer nuevas restricciones al uso de diversos materiales, a obligar el reciclaje de residuos industriales, a reducir las emisiones contaminantes, a minimizar el uso de energía fósil y potenciar la renovable así como, a nivel particular, a recoger selectivamente la basura doméstica, a consumir menos y a reutilizar más, etc.

 

Por otra parte, la tecnología globalizada había generado monopolios digitales gigantes, ávidos de datos imprescindibles para su modelo de negocio, que dejaba a la ciudadanía expuesta a pérdidas de privacidad y abusos de poder. Aquella libertad de acceso y compartición de información, que parecía gratuita, tenía un precio. Y los gobiernos, sobre todo los progresistas, constataron que era necesario regularlos de manera más estricta para proteger a los más vulnerables, es decir, reducir la libertad de circulación de la información a través de las redes.

 

Y los sistemas financieros —también globalizados y sin freno— provocaron la crisis económica mundial de 2008, mediante inventos tan envenenados como las subprime, el crédito insuficientemente controlado y las burbujas inmobiliarias ávidas de beneficio rápido y fácil. Todo ello comportó, además de una radical reestructuración del propio sistema financiero, la incorporación de medidas regulatorias destinadas a impedir que volviera a repetirse.

 

Todas estas políticas regulatorias acabaron generando relatos que se perciben ahora como restrictivos de la libertad individual y colectiva: no malgastar, no contaminar, reducir el consumo y reciclar, pagar más impuestos, reducir el acceso a los datos… Un nuevo mensaje progresista y solidario, seguramente necesario pero cargado de trabas y renuncias y, por tanto, poco atractivo.

 

En este contexto, muchos jóvenes de hoy expresan un nuevo deseo de libertad. Consideran que los impuestos se dedican a temas que no les importan directamente, que la protección excesiva debilita a los débiles y fomenta la dependencia y el derroche de recursos colectivos, que muchas de las regulaciones existentes forman parte de un sistema antiguo que los discrimina y limita su desarrollo personal, que la burocracia de las instituciones estatales y supraestatales les complica la vida y que, por otra parte, hacen falta líderes fuertes y ganadores que los lleven hacia adelante, sin las trabas de los votos y opiniones de, los tachados, como perdedores. Como expresa claramente Peter Thiel: I no longer believe that freedom and democracy are compatible.

 

Y ante los nuevos retos globales, muchos cierran el círculo de responsabilidad al aquí y al ahora, es decir, dentro de su entorno inmediato —familia, amigos, conciudadanos—, mientras que los de fuera —los extranjeros— se convierten en sombras. Y aún más invisibles son los del futuro —los no nacidos—, que son los principales beneficiarios de la lucha contra los grandes retos, como el cambio climático o la conservación de la naturaleza.

 

El movimiento juvenil progresista que, a mediados del siglo XX, abanderó la liberación de las viejas cadenas, ahora se encuentra con que la libertad ha cambiado de bando. De un individualismo libertario se avanzó hacia una ética de la solidaridad y del respeto ambiental, que implica restricciones y renuncias, pero parece que ahora regresamos, dos generaciones después, hacia un nuevo tipo de individualismo libertario más autoritario. En definitiva que, una buena parte de los jóvenes de hoy quieren deshacerse de las cadenas, que han ido imponiendo los jóvenes de ayer, utilizando un nuevo relato libertario más atractivo, que ahora levantan las fuerzas conservadoras de hoy en lugar de las que levantaban las progresistas de ayer.

 

Hay, sin embargo, una diferencia fundamental entre los dos movimientos libertarios: uno proyectaba su mirada hacia una utopía futura, mientras que el otro la dirige hacia un pasado idealizado. Esta diferencia queda patente en las motivaciones de los diversos grupos que integran esta última corriente. En EE.UU. el lema es MAGA —Make America Great Again—, es decir, el retorno a una supuesta grandeza del pasado. En Europa el lema es ser Patriota, entendido como la voluntad de que los estados recuperen la soberanía cedida a la UE. En ambos casos, se reclama también impedir la entrada de inmigrantes, considerados una amenaza a la pureza racial y cultural que, según esta visión, habría existido en el pasado.

 

Sin embargo, la libertad sin solidaridad configura un sistema inestable, ya que no es capaz de armonizar al mismo tiempo los intereses individuales con los colectivos. Un sistema que solo puede sostenerse mediante un fuerte autoritarismo, que consiga supeditar los intereses colectivos a los individuales, tanto en el ámbito doméstico como en el político. Un fenómeno que hoy vemos extenderse por todas partes.

 

¿Es este el desenlace que nos espera para el futuro? Quizás no, porque las desigualdades provocadas por un capitalismo desbordado, la velocidad vertiginosa del mundo digital sin regulación y las amenazas crecientes del cambio climático —cada día más evidentes—, podrían acabar desequilibrando el sistema, acelerando el retorno de la libertad hacia su bando inicial, sin tener que esperar dos generaciones más para cerrar de nuevo el círculo.

 

Josep M. Vilà