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Candy Crush versus #ViaCatalana: ¿una ètica 2.0 para un mundo 2.0?

Escrito por Joan Mayans el 02/10/2013 a las 12:06:12
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(Gerent de Comercialització i Estratègia Digital d’ACCIÓ)

Creo que la primera vez que oí hablar de la ética fue en la escuela, como un concepto opuesto a la religión. “¿Haces religión o ética?”, era la pregunta. Como si pudiesen ser cosas opuestas... Para aquel entonces debía tener una noción más o menos vaga de lo que podía ser la religión... Pero, ¿la ética? ¿qué debía ser la ética? Más tarde entendería que, seguramente, no hay nada más religioso que la ética. O que la ética no es más que una versión laica e iconoclasta de la moral católica que predominaba en casa.

En la facultad, la antropología me hizo entender la ética como un fenómeno cultural más. Como una parte del ADN de un grupo social. Con algún filósofo discutíamos si había una ética universal, transcultural, común a toda la humanidad, o bien si había diversas éticas, comparables, diferentes y, utilizando el palabro academicista de aquellos años, inconmensurables.

Lo que aquella ética de primaria y la de la universidad tenían en común es que entendían la ética como un código moral compartido. Una especie de libro de instrucciones que marcaba los límites de la conducta individual. La ética los Mandamientos light, que regían la vida social. Tan aceptados tácitamente por todos como explícitamente se aceptaba la sanción correspondiente para quiénes los incumplieran. En resumen, una visión ordenada del mundo, propia dela Modernidad, una suerte de dulce Arcadia donde el Bien se recompensa y el Mal, se castiga.

Pero aquel ordenado mundo dela Modernidad se desordenó. Algunos dicen que la tecnología lo ha trastocado. Otros apuntan al capitalismo salvaje. Bauman ha hecho fortuna describiendo estos tiempos inestables como “líquidos”, a pesar de que ya hace 165 años que Marx y Engels escribían que todo lo sólido se desvanece en el aire. Quizá el mundo nunca estuvo realmente demasiado ordenado, pero así es más fácil explicarlo...

Sea como sea, hemos llegado a unos tiempos ciertamente convulsos donde la tecnología ha transformado todas las dimensiones de nuestra vidas sin marcha atrás posible. Las clasificaciones y las limitaciones euclidiana clásicas, el orden, las distancias, los tempos de cualquier cosa se han alterado. Google me da más información y más rápidamente que si tuviera a disposición una biblioteca de dimensiones borgesianas. Facebook me mantiene conectado a una familia virtual, constante, fiel y próxima de más de 200 persones para los que la distancia en kilómetros no tiene ninguna importancia. Twitter me permite llegar a más gente y más rápidamente de lo que podría hacerlo con cualquier otro método de comunicación personal anterior. Linkedin me pone a seis clicks del Presidente Obama. Todas estas son hazañas impensables hace 30 años, cuando apenas conseguía entender la diferencia entre ética y religión. Si todos estos estos límites analógicos se han hecho añicos, ¿qué pasa con los límites éticos?

Hasta hace cuatro días, la ética regulaba los límites del Bien y del Mal de nuestras dulces comunidades (imaginadas) analógicas e integradas. Pero, ¿y ahora? ¿Qué hacemos con tanta modernidad líquida? ¿Qué hacemos con el estereotipo del individuo actual, hiperconectado y, a la vez, hiperaislado? Un individuo que puede hacer lo que quiera, cuando quiera, con quien quiera, protegido por el aparente anonimato de la Red. ¿Cómo es posible hacer efectivos los límites de la ética cuando nos hemos convertido en unos individuos tan extremadamente escurridizos? ¿Por qué decir la verdad sobre quién soy en un foro de internet? ¿Qué hará que no insulte, engañe y mienta a cualquier persona con la que me encuentre en un chat? ¿Quién me impedirá perseguir menores en Internet? ¿Qué evitará que me compre una impresora 3D y me imprima mañana mismo un rifle semiautomático con las instrucciones y los patrones que se han liberado por Internet?

Se ha consolidado la idea de un mundo 2.0 y de una juventud 2.0 individualizada al máximo. Adictos a espacios virtuales, videoconsolas y conexiones digitales de bolsillo. Una juventud despreocupada, desconectada de la realidad real por abuso de conexiones virtuales inútiles, lúdicas y prescindibles. ¿Ejemplos? 16 millones de personas diferentes están jugando diariamente al Candy Crush Saga. Diez veces más usuarios tiene Instagram, colgando fotos de sus gatos, pies y culos. Pecata minuta comparado con los 400 millones de usuarios que Twitter espera tener antes de finales de año. Nada, en comparación con los más de 1.100 millones de usuarios que dice tener Facebook. 1.100 millones de usuarios: dentro de cuatro días, habrá más gente en Facebook que en toda la China. ¿Haciendo qué? Poniéndose likes y jugando al Candy Crush. ¿Qué lugar ocupa la ética en este paisaje descarnado, plagado de zombies hiperconectados?

Y la respuesta es: “en todas partes”. Las redes sociales no han acabado con las normas de conducta de la Modernidad. Las han transformado. Es cierto que las han hecho más dúctiles y más líquidas. Pero también que las han hecho más cuestionables, más interpretables. Pero no han desaparecido. Ni siquiera creo que se hayan debilitado. Al contrario. Existe una ética 2.0 emergente que no tolera abusos, que no permite que nada pase desapercibido. Los ojos de la ética se han hecho multidireccionales y omnipresentes. La sanción ética ya no se produce sólo de arriba-a-abajo o entre iguales, sino que también se ha vuelto bottom-up. Y de qué manera...

Las redes sociales ofrecen muchísimos ejemplos a lo largo de los últimos años de su capacidad de auto-organización , de coordinación de-abajo-arriba, de presión y sanción popular, con mucha más efectividad y velocidad que ningún corpus de normas éticas del pasado. Egipto y la Primavera Árabe dieron no hace mucho uno de los ejemplos más recurrentes. Hace apenas unos días, la etiqueta #volemvotar ha sido trending topic mundial a partir de una especie de flash mob espontánea salida de este rincón del mundo. Nada raro, puesto que sólo un par de días antes, este mismo colectivo hizo saltar #croquetes a la categoría de trending topic mundial para burlarse del sistema de etiquetaje de Twitter.

Es cierto que las redes sociales y esta ética 2.0 emergente tienen muchas limitaciones y no obran milagros. En última instancia, son productos de nuestra sociedad y, como tales, están condenados a heredar nuestras manías y miserias. No hay más que ver qué ha hecho Egipto con su Facebook Revolution. Pero a pesar de esto, la ética 2.0 ha cambiado algunas reglas del juego, ampliándolas y democratizándolas. Las ha hecho más accesibles. Ha atravesado estratos. Sin caer en excesos de inocencia, debemos asumir que en este mundo 2.0 ya nada será igual. Nada se escapa a los ojos de 400 millones de tuiteros. Cualquier cosa puede correr como la pólvora entre 1.100 millones de usuarios de Facebook... mientras echamos una partidilla al Candy Crush...

Publicado originalmente dentro del Especial Ética del Cercle per al Coneixement:

 

http://www.cperc.net/continguts/article.php?llengua=ca&idvar=628.