Uno de los grandes problemas que presenta la exploración espacial consiste en el retraso que sufren las comunicaciones de ida y vuelta a la Tierra debido a la tecnología empleada, las inmensas distancias, y el hecho de que, a medida que las naves espaciales se alejan, el retraso entre una comunicación y su respuesta puede dilatarse bastante más de lo que deseable. Y ello redunda en situaciones en las que unos minutos de más pueden ser letales para la supervivencia de una nave espacial en un entorno tan hostil, o bien hacer que se puedan perder oportunidades irrepetibles, como cruzarse con un objeto interesante, sea una roca flotando en el espacio, un cometa o cualquier otro fenómeno.
Aparte, las velocidades de viaje espacial que la actual tecnología de propulsión es capaz de alcanzar, hacen prácticamente inviable para cualquier miembro de la especie humana tripular una nave que estará viajando durante años, incluso para no volver.
Para estos casos solamente existe una solución: la inteligencia artificial, que es capaz de tomar decisiones sobre la marcha valiéndose de los datos disponibles, con un razonamiento que imita la forma de pensar de los humanos.
Hace poco, he tenido el placer de participar en un evento que incluía una intervención, y la posterior sesión de preguntas y respuestas para la prensa, con Kate Underhill, Future Space Transportation Propulsion Architect de la Agencia Espacial Europea (ESA, por sus siglas en inglés), científica de cohetes para más referencias, y aproveché para hacerle un par de preguntas sobre la aplicación de la inteligencia artificial a la carrera espacial.
Respondiendo a mi inquietud sobre cuándo veríamos la primera misión gestionada íntegramente por IA, sin necesidad estricta de intervención humana para tomar decisiones, sinó con un cierto grado de libertad para que sea la misma inteligencia artificial quien las tome, Underhill respondió que en unos años, sin concretar más, pero aclarando que esto dependerá de la financiación que, a su vez, depende de los distintos países que conforman la ESA.
Al mismo tiempo, la científica también se refirió a que tanto los Estados Unidos cómo, y sobre todo, China, están investigando en este particular, poniendo de relieve el adelanto de China en dicha materia.
Las aplicaciones más inmediatas de la IA en la carrera espacial pasan por la selección de los datos captados por las sondas y los sensores de las misiones, además de su compresión y envío a la Tierra, optimizando así los canales de comunicación y aportando valor sobre un envío en crudo de todos los datos recabados, puesto que las ventanas de recepción por parte de las antenas terrestres también son limitadas.
Pensemos que las imágenes que captan actualmente los vehículos espaciales tienen una resolución mucho mayor que las que se tomaban al principio de la carrera espacial, lo que implica que el volumen de datos se ha incrementado, redundando en un papel preponderante para los algoritmos de compresión.
Underhill me contó que para evaluar las herramientas de IA utilizadas, las instalaciones europeas de la ESA ubicadas en los Países Bajos cuentan con equipos de industrialización que prueban distintos modelos en entornos controlados, con el propósito de determinar qué sistemas se adaptan mejor a tareas específicas, desde el diseño estructural hasta el control autónomo de vuelo.
Por lo que respecta al origen de los modelos de lenguaje utilizados, estos son indistintamente privados, como libres o públicos (es decir, realizados por las administraciones públicas), optándose por los mejores en cada área siempre y cuando el manejo de la información cumpla con los estándares de autonomía tecnológica, garantizando en todo momento que los datos permanezcan alojados en territorio europeo.
¿Y qué pasa si, por ejemplo, ahora una nave terrestre se topa con un objeto, pongamos una roca que va flotando en el espacio, y tiene poco tiempo para decidir si se aparta de su ruta preestablecida y la investiga? Pues que los automatismos incorporados en los ordenadores de a bordo ya ofrecen mecanismos para prever, y actuar en consecuencia, de una serie de eventos muy limitada.
No hay, por lo tanto, inteligencia artificial actualmente implementada a bordo de misiones, sino una serie de bifurcaciones lógicas posibles que, según las circunstancias que marque el análisis de los datos, la nave puede seguir.
Y dónde la ESA sí está aplicando ya tecnología de inteligencia artificial es en el diseño de motores para la próxima generación de cohetes.