Una nueva investigación elaborada por Erin McGurk y David Khachaturov, de la Universidad de Cambridge, plantea una profunda transformación en la estructura del mercado de trabajo: los académicos que la han llevado a cabo exponen que la adopción de la inteligencia artificial generativa y agéntica reducirá considerablemente los costes asociados a la producción de tareas cognitivas, creativas y de coordinación, una dinámica que debilita directamente la prima de escasez que, históricamente, ha respaldado el valor económico del trabajo de conocimiento de nivel medio en las economías occidentales.
El estudio anticipa que, a consecuencia de este proceso, aparecerá una estructura de captura de valor con forma de “barra de pesas”, en uno de los polos de la cual, la mayor parte de los beneficios económicos recaerá en los propietarios de la infraestructura tecnológica que sean capaces de generar producción sintética a gran escala, mientras que, en el otro extremo, surgirá un segmento que retendrá un alto coste basado en la presencia humana verificada, quedando el estrato medio tradicional desplazado tras la proliferación de sustitutos sintéticos rentables.
Para detallar este fenómeno de polarización, los autores introducen el concepto de “humanidad performativa”, refiriéndose a aquel tipo de trabajo cuyo valor radica en su carácter humano visible, en vez de depender únicamente de las características técnicas del resultado final. En este contexto, la presencia humana verificada adquirirá unas características funcionales similares a las de un bien de Veblen (aquel que al aumentar su precio, también se incrementa su demanda), donde la demanda subirá como señal de estatus y escasez en mercados inundados por alternativas artificiales de muy bajo coste.
El estudio clasifica esta “humanidad performativa” en tres tipos diferenciados mediante un esquema continuo de análisis. La primera categoría expuesta es el trabajo de presencia relacional, el cual está fundamentado en la intersubjetividad y la atención prestada por un agente moral humano, siendo este propio de labores terapéuticas o asistenciales.
La segunda corresponde al trabajo de procedencia estética, el cual adquiere su nivel de demanda a través de la narrativa de su origen y de la traza del esfuerzo físico o creativo de un autor concreto. Finalmente, la tercera categoría es la del trabajo de responsabilidad, que está vinculado a aquellas profesiones que exigen legalmente a un individuo asumir el riesgo jurídico o ético de sus decisiones laborales.
La viabilidad económica de este nuevo estrato dependerá fundamentalmente de la capacidad técnica para certificar la participación real de las personas. Dado que los entornos de trabajo híbridos entre personas y algoritmos serán los más habituales, el estándar propuesto por la investigación para evaluar los resultados consiste en determinar si el juicio, la atención o la autoría humana son elementos constitutivos de lo que realmente se adquiere, y no un mero factor incidental en la cadena productiva. Si estos atributos de origen no pueden demostrarse formalmente, los productos se derivarán al mercado masivo de mercancías sintéticas donde predomina la competencia por el precio.
Ante estas previsiones, la investigación subraya la necesidad de garantizar la portabilidad de las credenciales de los profesionales entre plataformas digitales distintas, y someter a auditorías externas los sistemas encargados de puntuar dicha autenticidad, con el fin de proteger de este modo el poder de negociación de los trabajadores frente a las empresas.