Hace algunas semanas la humanidad llevó a cabo su viaje más largo. El Artemis II superó en más de 6.000 kilómetros el anterior récord establecido por el Apolo 13 en 1970. En 10 días, la misión espacial estadounidense recorrió 406.778 kilómetros y pudo fotografiar la cara oscura de la Luna. Gran parte de la comunidad científica ha visto este logro como un avance para el progreso tecnológico, sin embargo, a nadie se le escapa que detrás de la misión existen intereses que nada tienen que ver con la mejora de la vida de la humanidad.
La nueva carrera espacial que están protagonizando China y los Estados Unidos persigue por encima de todo, la colonización de nuevos territorios extraterrestres. Es una suerte de reedición de la pugna que mantuvieron americanos y soviéticos en los años sesenta y setenta sumada a la conquista y colonización de nuevos territorios que llevaron a cabo los europeos de América, Asia, Oceanía y África. Unos periodos de referencia nada apetecibles.
En un momento en que los recursos empiezan a escasear en el planeta tierra, las dos primeras potencias mundiales tratan de asegurar su producción de materiales en el exterior. ¿Quién sabe si habrá minerales raros en el espacio? ¿Hasta dónde somos capaces de viajar para encontrar agua?
Y es que, aunque suene a marciano, ésta es la realidad que subyace en la carrera especial que estamos viviendo. En un momento en el que el planeta tierra empieza a dar cuenta de su agotamiento y del inminente colapso medioambiental, la solución tecnológica pasa por viajar muy lejos para asegurar los recursos que escasean. Quizás estamos ante el viaje más largo de la historia de la humanidad y como si de una metáfora se tratase cada vez estamos más lejos del planeta y de sus problemas.