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¡Míreme a los ojos, idiota!

Escrito por JOAN BARRIL el 12/05/2010 a las 00:01:09
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Como profano en el mundo de la informática -o como se dice con excesiva ampulosidad: la sociedad de la información- me sorprende el escaso interés demostrado por los operadores y por la gran mayoría de usuarios respecto a una regulación del comportamiento de los que se asoman a la pantalla. No me refiero a una regulación de índole legal, que para eso ya están los distintos grupos de presión y los señores diputados. Me refiero a algo tan básico como un jamás escrito "Manual de las Buenas Maneras" de los que se desenvuelven en el confuso mundo de la pantalla. Esas "buenas maneras" impregnan el conjunto de las actividades humanas, desde el comercio hasta el amor. Más allá de los códigos de circulación, todo el mundo sabe la necesidad de mantener unos determinados comportamientos en el tráfico rodado. Incluso en el lenguaje telefónico hay una liturgia verbal internacional que ayuda a la comprensión entre los hablantes. Sabemos comportarnos en un restaurante aunque el maitre nos sea desconocido y en ámbitos tan especializados como el de la aviación comercial hemos llegado a desarrollar una capacidad de comprensión que nos es útil en todos los aeropuertosdel mundo. Sin embargo el poder de la pantalla, lejos de ser una ayuda en la rapidez y en la precisión de la gestión, acaba siendo un camuflaje tras el que se escudan los vagos, los resabiados, los tímidos y todos aquellos que consideran que el trabajo con el público es una actividad humillante. El ejemplo básico es tan manido que no merece la pena comentarlo. Es el de la impasibilidad de la persona que, tras el mostrador y armada de un ordenador cuyo funcionamiento desconoce, concluye "Lo siento, pero el sistema se ha caído". A veces no se trata de la tendencia del sistema a sucumbir a la ley de la gravedad sino a la pertinaz tendencia de los datos en esconderse: "Lo siento, pero por Barril no me sale". En estos casos ya puede el cliente esforzarse en intentar demostrar que él es él y no un impostor que el administrador de los datos considerará que lo único que tiene sentido es lo que el sistema le ofrece y que el ser humano de carne y huesos es un mero ectoplasma ficticio. Una variante de esas malas maneras la experimenté el otro en la ciudad de Valencia. Entre otras cosas, una de las actividades que llenan mi tiempo, consiste en haber creado con un socio una pequeña editorial de libros de literatura de esos que tienen vocación de no venderse demasiado. Casi un año después de haber salido al mercado y con una docena de libros en el catálogo, mi socio y yo fuímos a la plaza de Valencia a hacer de "comerciales", en la seguridad que una empresa no avanza sino es conociendo toda la escala de los trabajos posibles. Nos repartimos las librerías valencianas y, armados con una pequeña maleta, nos presentábamos a puerta fría y decíamos quiénes éramos. No se trataba de vender, sino de conocerles y de que nos conocieran. El resultado no pudo ser más descorazonador, y no tanto porque nuestros libros no estuvieran expuestos y las cifras de venta fueran razonables, cuanto por el trato. Porque entre el librero y el editor se alzaba, una vez más, la pantalla como personaje indeseable del menage a trois. Extracto de cinco conversaciones sobre seis librerías visitadas: "Buenos días. Tienen ustedes una librería muy interesante. Mire soy Joan Barril de Barril y Barral editores. Queríamos saber si estaban satisfechos con el distribuidor y mostrarle nuestra última novedad por si tienen a bien pedirla". El librero, sin alzar la mirada, se pone a teclear en la pantalla. Silencio. Al cabo de unos segundos. "Si. Han editado a Rimbaud, a Daudet y a Mirabeau. Ya les conozco a ustedes." Las buenas maneras estaban por el suelo. ¡Un librero que, en una librería vacía, prefiere hablar con el ordenador a mirar a los ojos al editor! No sólo eso: un hombre que vende cultura es capaz de decirme que ya me conoce simplemente porque a visto mi nombre escrito en el sistema. Igual que lo haría un policía del control de pasaportes. Cuando lo ha dicho no sabe si soy gordo o flaco, si soy simpático o engreído. No sabe nada de mi. Tras tres horas de viaje he llegado hasta él y, con la desfachatez informática, tiene el valor de decirme que ya me conoce. Yo, ahora, sí le conozco. Y no me ha gustado. Incluso en los ménage a trois, se preservan las buenas maneras y algo parecido a la curiosidad y el respeto.