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La vida eterna

Escrito por JOAN BARRIL el 09/06/2010 a las 00:13:42
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En los anales de las campañas electorales de la democracia se habla de un bonito ejemplo de manipulación basado en el rumor. Mi memoria es lábil e imperfecta y, precisamente por ello, no me veo capaz de situar en el tiempo la anécdota que les voy a contar. Me suena que sucedió en una gran ciudad del estado de Texas en la década de los sesenta. Se celebraban elecciones municipales y el alcalde aspiraba a la reelección frente a un joven candidato sin experiencia. Las encuestas eran contundentes para el alcalde vigente y nada hacía pensar en un cambio al frente del gobierno municipal. Pero el joven e inexperto candidato movilizó a un centenar de amigos suyos de la universidad que se habían especializado en arte dramático. Entre ellos y unos cuantos guionistas obraron el milagro. Cada día los actores del candidato inexperto, convenientemente disfrazados de ejecutivos y siempre de dos en dos, aprovechaban las horas punta de la entrada y salida de los oficinistas de los grandes edificios del down town. Se introducían en uno de los ascensores atestados de gente y allá hablaban en voz alta hasta el último piso. Su conversación giraba en torno a los hechos más escabrosos y nocivos para la imagen del alcalde reelegible. Al llegar al último piso reemprendían el descenso con la misma conversación mientras que su lugar en el ascensor siguiente ya había sido ocupado por dos nuevos comparsas y un nuevo guión. Era una función selecta para una veintena de espectadores, pero era enormemente eficaz, puesto que los maledicientes a sueldo eran cada vez distintos y las historias eran plausibles. Al cabo de una semana las encuestas empezaron a registrar una incomprensible pérdida de popularidad del alcalde vigente. Los actores del rumor se diseminaron entonces a otros ámbitos: colas de supermercados, cafés, reuniones escolares. Sin pretenderlo se hablaba de política y los chismes sobre el actual alcalde afloraban y se confirmaban con los que habían sido sembrados en los ascensores o en las hamburgueserías. En ningún caso había la voluntad de convertir en santo al candidato inexperto, sino simplemente en denostar la figura del actual alcalde. Gracias a este método, las elecciones fueron ganadas por el desconocido. Y el alcalde derrotado estuvo todavía muchos meses instalado en la perplejidad de ignorar qué había hecho mal para llevarse una derrota tan abultada. El tiempo ha acabado consgrando la importancia del rumor como arma destructiva. Si desean confirmar una ampliación moral de ese devastador método de desprestigio no hace falta que vayan a la Biblia a repasar el episodio de la casta Susana. Basta con que se dejen llevar por la magnífica prosa de Stephen Vizinczey, un prodigiso estudioso de la literatura y autor de "El hombre del toque mágico" deliciosa novela moral publicada hace años por Seix Barral que anticipa buena parte de nuestros problemas para con la verdad. En uno de sus episodios un personaje de su novela, un ejecutivo brillante y bien valorado, se encuentra en trámites de adopción de un niño. Esa circunstancia llega a ser pública por una indiscreción y, a partir de aquel momento, la vida del ejecutivo adoptante va de mal en peor arrastrado por los atavismos reaccionarios de sus superiores en una extraña confusión entre eficacia espermatozoica y laboral. Una vez más el rumor se convierte en un elemento que altera el esfuerzo y la eficiencia de su protagonista. No importa lo que éste haga. Aquello que verdaderamente importa es lo que la gente cree de él. Y en esas aparece la red. Y la red no está para manías. Hasta ahora el rumor era patrimonio del patio de luces: voces que se escuchaban por las ventanas biertas de las cocinas o por los ascensores tejanos. Pero ahora el anonimato de la red permite cubrir de cualquier oprobio a los protagonistas de nuestra pequeña actualidad. Lo importante ya no es la verdad de las cosas. Lo importante es que el emisor de rumores pueda ver el retorno de su propio rumor. Es algo así como esos grafiteros que de noche se introducen en los depósitos de los vagones de metro para plasmar su supuesto arte y luego reconocerse al paso de los convoyes. En la red todo vale, porque nadie va a comprobar si lo que leemos es cierto. Pero eso no es lo grave. Lo grave es la perdurabilidad de esas supuestas informaciones. Morirán los protagonistas, pero en la red, de forma póstuma, continuarán las mismas malediciencias, las mismas informaciones falsas, las mismas opiniones que nada tienen que ver con el derecho a cambiar del sujeto denigrado. Incluso en algo mucho más serio como fue en su día el RAI, el Registro de Aceptados Impagados, dónde se hacía constar la capacidad de solvencia de los eventuales clientes, había una fecha de caducidad que extinguía responsabilidades. Hoy ya no estamos hablando de responsabilidades ciertas, sino de falsedades conscientes y diseñadas con el único fin de hacer daño. ¿Cuántos de ustedes, ante la eventualidad de intentar conocer el perfil biográfico de alguien al que acaban de conocer, no han recurrido a la red para saber lo que su nuevo interlocutor no les ha contado? Peor aún: ¿cuántas veces lo que han leído en la red no les ha creado una imagen más o menos cierta que les habrá despertado más suspicacias que entusiasmos? ¿Y cuántas veces habrán dudado de la eficacia y nobleza de la red, casi siempre enmohecida por las aguas ponzoñosas de la envidia, de la competencia desleal o -en el mejor de los casos- por esa infantiloide frivolidad que convierte una herramienta potencialmente seria en un juguete adolescente en manos de descerebrados? Por supuesto no se trata de borrar todo aquello que no nos gusta. Pero la red, por desidia de sus administradores, va a conservar mis comentarios y los suyos sin darnos posibilidad de cambiar ni de matizar lo que hoy pensamos. Mientras el papel se amarillenta, se enmohece y acaba siendo pasto de los roedores, la red mantiene un supuesto frescor acrítico que esclaviza nuestra precaria imagen. Ya no nos pertenecemos. Somos propiedad del primer desaprensivo que, en vez de esforzarse en describirnos se jacta en reinventarnos. Ya puestos, prefiero que se hable de mi en el ascensor que en una pantalla que se demuestra más longeva que el mármol.