Actualizado el 26/10/2020

icon Facebook icon Twiiter icon RSS icon EMAIL
  1. Portada
  2. >
  3. Campo Contrario
  4. >
  5. La pantalla agresiva

La pantalla agresiva

Escrito por JOAN BARRIL el 30/06/2010 a las 00:09:17
1943

Admiro profundamente al escritor Umberto Eco, un hombre que se pasó la vida diciendo cómo habían de escribir los demás y que, a la hora de la verdad, se lanzó al ruedo para componer una de las mayores novelas de todos los tiempos, “El nombre de la rosa”. Acabo de leer un magnífico libro de conversaciones editado por Lumen que recoge una larga conversación entre Eco y el profesor Carriére sobre la vigencia de los libros y su imperecedera voluntad de supervivencia respecto a todos los cacharritos que nos van a invadir. Hasta ahora le debía a Humberto Eco el agradecimiento en tanto que lector de historias magníficas e inteligentes. Ahora, tras este volumen de conversaciones, le debo además el consuelo de no sentirme tan solo en la lucha entre la cultura del pensamiento y la pseudocultura tecnológica. Pero hay más cosas de Eco que ahora me vienen a la memoria. Eco no es un oscurantista recalcitrante. A la hora de escribir lo hace como lo hacemos todos: con un teclado y una pantalla enorme. Para todos los escritores el Word ha significado el cumplimiento de un deseo infantil. Hasta la aparición de los procesadores de textos el escritor manual o mecanográfico veía como se iba acercando el final de la hoja y le sobrecogía un pánico cerval. El final de la hoja era para el escritor el borde del precipicio y, en ciertos textos manuscritos se puede ver como la caligrafía del autor se va apelmazando a medida que se acerca al final del papel hasta convertirse en un conjunto de frases apretujadas e informes que, en teoría, deberían culminar algún pensamiento enorme. De ahí que los escritores soñaran en un rollo inacabable de papel que les salvara del pánico de la hoja completa. Ese rollo inacabable de papel apareció en la pantalla y la angustia del punto y aparte desapareció. También Humberto Eco reflexionó sobre las relaciones entre herramienta y contenido. Lo hizo en su columna habitual en la página final del semanario L’Espresso titulada “La bustina di Minerva”. En una de esas columnas Eco decía que la literatura de la mano era distinta que la literatura de la máquina y la del procesador de textos. Así la literatura hecha a pluma exigía que, de vez en cuando la pluma de ganso tuviera que mojarse en el tintero. En este breve espacio de tiempo el escritor reemprendía el hilo de la narración haciendo un uso excesivo de las conjunciones copulativas. El polisíndeton, esa figura retórica que abusa del “y”, tendría su origen práctico en la pluma de ganso. Asimismo la aparición de las máquinas de escribir cambió en cierta medida la manera de escribir. En este caso ya no era necesario detenerse por aquello de la tinta, pero los puntos y a parte venían seguidos de un exceso de preposiciones o locuciones las más de las veces adversativas: “a pesar de, no obstante, sin embargo” son expresiones que delatan la escritura de los albores de la mecanografía creativa. Finalmente el procesador de textos significó un nuevo avance. Los bloques de texto eran intercambiables. Ello obligaba a que en cada bloque estuviera encerrada una idea o máximo dos. Y que estas ideas tuvieran valor en sí mismo hasta el punto que pudieran desgajarse del conjunto y colocarse en el lugar más idóneo para la comprensión del mensaje. Les invito a leer los textos impresos de otra manera. Cuando hayan saboreado la belleza o aprehendido la información que en ellos se esconde, reléanlos y prueben de imaginarse al autor mojando el cálamo en la tinta, intercambiando bloques como en un Tetris intelectual o buscando la preposición oportuna como si fuera el salvoconducto que nos permitirá avanzar en la lectura. Esta digresión sobre las herramientas de la escritura y su resultado me sirve para acometer una valoración más dolorosa producto de mi experiencia y, naturalmente, de la piel fina que me caracteriza cuando hablo de estas cosas. Ahí va. Desde hace años dirijo y presento un programa de radio diario. Por una simple cuestión de estilo y de rigor periodístico el programa que me honro en dirigir no acoge –como tantos otros colegas suelen hacer- llamadas espontáneas de los oyentes. Ello no es óbice para que, de tanto en cuanto, algunos oyentes especialmente sensibles ejerciten su legítimo derecho a discrepar. Y para ello cuentan con algunos elementos a su alcance. El primero en antigüedad es la carta convencional, una especie en trance de extinción. El segundo es el habitual e-mail. El tercero es la llamada telefónica. El cuarto es la visita personal y cara a cara a la redacción de la emisora. Pues bien, también aquí el medio conlleva un estilo distinto en cada caso. No hace falta ser profeta para colegir que el medio más extendido para la comunicación de las discrepancias –o incluso de los elogios, que también los hay- sea el e-mail. Por lo general las intervenciones via e-mail acostumbran a ser verdaderos exabruptos rayanos en el insulto. En las comunicaciones via e-mail no hay el menor rasgo de empatía. El anonimato permite además que una misma discrepancia se multiplique artificialmente y llegue a la pantalla del receptor como una verdadera riada de desautorizaciones. En realidad los corresponsales del e-mail no pretenden conocer los matices de nuestro punto de vista, sino que lo único que hacen es reafirmarse en sus propios principios. A veces, ante la enormidad de ciertas frases, siempre que el emisor del e-mail oprobioso consigne su teléfono, suelo llamarles a sus domicilios. Les digo que tal vez no me expliqué bien, que me gustaría conocer las razones que nos distancian y que le agradezco ante todo que, a pesar de no estar de acuerdo, persista en escucharme. Es entonces cuando se opera el milagro. Aquel e-mail feroz, más cercano al pasquín callejero que a la reflexión escrita, desaparece y surge entonces la voz humana. La discrepancia parece que era más nimia que lo que aparecía en la pantalla. Ambos reconocemos que tal vez obramos en caliente: yo diciendo cosas sin pensar y él con la santa indignación del oyente forzado al silencio. Generalmente la cosa suele acabar bien. Y me imagino a mi airado corresponsal telemático, colgando el teléfono y contando a la familia que ha hablado conmigo y que tal vez no soy tan malo como en un principio había pensado. Cito esta anécdota porque no soy el único que considera que la supuesta virtud de la red (dar la palabra a quién no la tiene) acaba convirtiéndose en una verdadera pesadilla para la libre circulación de las ideas. Ciertas páginas de comentarios son verdaderamente repugnantes, tanto por el contenido como por la falta de rigor que rezuman. El griterío tabernario de algunas páginas y la complicidad insensata de sus supuestos responsables están ahuyentando de la red al pensamiento constructivo. A la frívola advocación por la libertad de expresión lo único que queda es la libertad de la bronca y de la desautorización sistemática. A menudo, a lo largo de mi vida profesional, me he planteado qué sucedería si, ante la necesidad de ganarme la vida, aceptaría escribir en algún periódico cuyos contenidos y compañeros de redacción me avergonzaran. Tal vez, como reza el viejo aforismo, aceptaría el papel de pianista en un burdel antes que sentirme mal acompañado y confundido por una opinión pública que prefiere confirmaciones a informaciones. Eso, o seguir los consejos del bueno de Umberto Eco, buscando todas las plumas de ganso y escribir a fuego lento sin miedo a que el primer iletrado intente enmendarnos la plana. Porque tal vez ustedes no se hagan cargo, pero escribir cuesta. Y pensar todavía cuesta más. Mucho más que desautorizar, que esto sale gratis.