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La banalización de la amistad

Escrito por JOAN BARRIL el 15/09/2010 a las 00:31:50
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Hace unos cuantos años, en el consejo de redacción de un importante diario, yo era el responsable de opinión. Los distintos subdirectores nos castigábamos el cuerpo y el alma en inacabables reuniones en las que debatíamos los temas y, de paso, poníamos a caldo a algunos colegas de profesión. Hacía pocas semanas que asistía a aquel aquelarre de periodistas veteranos. Sin duda yo era el más joven, cuando el director del periódico empezó a hablar de un intelectual ascendente y de su último artículo. Entre risas y chanzas la cosa traspasó el umbral de la crítica para caer en la maledicencia y en el insulto sobre una persona que no se encontraba allí para defenderse. Entonces, tal vez por la necesidad mamífera de marcar territorio, pedí la palabra y dije con convicción: “Debo advertiros que me honro con la amistad de esa persona de la que estamos hablando. Es por ello que, si continuamos por ese camino, me veré obligado a abandonar esta sala”. Fue un bello gesto, tal vez exagerado, pero necesario. Mi defendido y entonces amigo jamás ha sabido de esa pequeña heroicidad. En el fondo no había salido en defensa de un hombre que podía defenderse por sí mismo. Lo que había hecho era salir en defensa de la idea de la amistad. Y cuando lo evoco me siento orgulloso de lo que fuí y me pregunto si hoy todavía estaría en condiciones de repetirlo. He vuelto a pensar en aquel breve episodio al comenzar el curso. Entre el curso y el año hay diferencias. El cambio de año comporta esperanzas y deseos. El cambio de curso es una criba para el trabajo. Cuando estrenamos las agendas hacemos inventarios de nuevas amistades y de amigos fallecidos. Cuando empezamos curso miramos a los nuevos y echamos en falta a los que compartían mesa con nosotros y los Recursos Humanos se han mostrado con ellos más inhumanos que nunca. En estos primeros días del curso la Corporación de comunicación en la que trabajo tuvo a bien mandarme un fotógrafo para sacarme una foto a efectos promocionales. Me dijo: “Has de poner una cara confiada y seductora. Como si quisieras decir a los que te miren que quieres ser amigo suyo”. Una vez más la palabra “amistad” hacía su aparición en mi vida. Mis dotes de comediante dejaron al fotógrafo bastante satisfecho. Al cabo de un par de días el cartel ya estaba hecho y me di cuenta que su apelación a mi solicitud de amistad no había sido una metáfora. Ahí, sobre mi careto escéptico, alguien había impreso una frase parecida a “Quiero ser amigo tuyo”. De nada sirvieron mis protestas. Nadie me comprendía cuando les decía que yo no necesitaba más amigos que los que la vida me había proporcionado generosamente. Me dijeron que la frase, por supuesto, no iba en serio. Adujeron que en Facebook lo que se lleva es precisamente esa contabilidad de amigos y que los creativos, en busca probablemente de un público más joven, habían recurrido a esa banalización de la amistad para rejuvenecerme. “¿Acaso tus hijos no usan el Facebook? Pregúntaselo.” Y aquella misma noche monté una pequeña asamblea familiar para saber el alcance de Facebook en sus respectivos ordenadores. La sorpresa fue una sonada derrota de los facebookeros. Tres dijeron que nunca lo habían usado. Uno admitió estar apuntado por curiosidad, pero le quitó importancia. Un amigo de la familia reconoció que Facebook era un buen instrumento para ligar, cosa que no es mi caso. Mi hijo menor me sacó de la perplejidad con una frase que no olvidaré nunca: “La amistad ya no es lo que tu crees que es. Hoy la amistad es cuantitativa. Cuánto mayor es el número de amigos que tienes en facebook más importante eres”. Me quedé con esa afirmación. O sea, que la amistad ya no era un valor voluntario. Un amigo ya no provenía de un vínculo común por el cual uno se convertía en embajador del otro. Insistí: “A esos amigos de Facebook, si les pedís cinco euros para una cerveza, ¿os los darán? ¿Esos amigos de facebook evitarán, en honor a la amistad que dicen sentir hacia vosotros, tirarle los tejos a vuestras novias?” Por supuesto que no. En realidad no son amigos, se les llama amigos, pero no lo son. También en los anuncios de contactos sexuales se puede leer: “15 amigas te esperan”. Acaso esas señoras tentadoras ¿son amigas entre sí? ¿Se pueden tener 15 amigos del alma? Una vez más regresaba a la idea de que, según Facebook la amistad es cuantitativa. El amigo 367 está conectado contigo, pero ¿realmente nos dice la verdad? ¿Sus confidencias son sinceras? ¿Será un amigo hasta la muerte o hasta la muerte del ordenador? En estas reflexiones de hombre maduro e inadaptado salgo a la calle y veo otra apelación a la amistad. En esta ocasión es Movistar que, para promocionar el acceso rápido a los servidores, no duda en apelar a una frase que podría ser entendida como un canto a la corrupción política: “La amistad es poder”, dicen los de Movistar. Hasta ahora teníamos la peregrina idea que las tecnologías servían para hacer negocio. Ahora de lo que se trata es de apoyarse en la muleta tecnológica para llegar con la pantalla ahí dónde nuestra timidez y nuestra baja autoestima sólo pueden superarse gracias a una máquina. La tecnología, en tanto que humana, no debería sernos ajena. Pero algo está sucediendo cuando la tecnología acaba con la humanidad de las relaciones. Si la amistad es cuantitativa, me sobran dedos de las dos manos. Si la amistad es, como yo creo, un valor y una dignificación del ser humano, me sobran todas las pantallas.