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Extrañas medidas de seguridad

Escrito por JOAN BARRIL el 22/09/2010 a las 00:13:22
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Hace poco menos de cinco años me compré un coche nuevo. Se trataba de un Mercedes clase A, de esos pequeñitos, que se adaptaba más a nuestras necesidades que no la gran camioneta que hasta entonces habíamos llevado para transportar a una familia numerosa y el gato. La familia poco a poco se va y el gato murió. Así fue como el 15 de octubre de hace cinco años Merceditas, así es como llamábamos al coche, entró en el garaje y ahí continúa después de haber hecho bastantes kilómetros y de haber pagado religiosamente las cuotas mensuales que se presentaban al cobro. El otro día recibí una llamada de los de Mercedes. Una voz femenina muy amable me saludaba y me informaba de lo que ya sabía: que faltaba una mensualidad para que el coche fuera absolutamente mío y que disponían de muchas ofertas por si quería estudiarlas y subir de gama. Era previsible que así fuera. Al fin y al cabo existe un segmento de automovilistas que prefieren ir estrenando coche cada par de años. Iba a decir algo cuando la atenta voz femenina hizo un alto en su exposición y me dijo: “Le advierto que por motivos de seguridad esta conversación está siendo grabada”. Y, tras la advertencia, la señora continuó cantándome las excelencias harto conocidas de su empresa y de lo bien que me lo iba a pasar pagando de nuevo por otro Mercedes con olor a nuevo. Fueron un par de largos minutos al final de los cuales la voz femenina sin duda había llegado al final del guión telefónico que le habían encomendado decir. Silencio por su parte. “¿Está usted ahí?” Le dije que sí, naturalmente. No suelo despedirme a la francesa. Pero añadí: “Desde que me ha dicho que esta conversación estaba siendo grabada me ha inhibido usted las ganas de cualquier tipo de diálogo. Sólo quiero decirle una cosa: mi coche funciona muy bien. Buenos días”. O sea, que mi paranoia había interrumpido lo que parecía el inicio de una conversación agradable sobre un tema que, de entrada, no me era extraño. De no haber sido por aquella advertencia de la conversación grabada tal vez la voz femenina hubiera culminado un primer contacto con alguno de sus comerciales y ahora estaría firmando un contrato nuevo para un Mercedes nuevo. Pero me irritó esa actitud unilateral de que Mercedes –y sólo Mercedes- pudxiera contar con mi voz y con las sandeces que solemos decir por teléfono. Pensé una vez más que la mercadotecnia telefónica está sobredimensionada en nuestras ciudades. No vivimos aislados en una granja del desierto de Australia, ahí dónde todo se ha de encargar por la pantalla. Salimos a la calle y todo está a nuestro alcance. Somos suficientemente maduros para caer en la tentación del consumo o para frenarlo si las cuentas bancarias no nos son favorables. En el supuesto que quisiera un coche nuevo tarde o temprano debería ir a por él y personarme en el concesionario, dónde conocería el rostro y el nombre del vendedor y sentiría con mis propias manos el tacto d ela piel y la suavidad del cambio de marchas. La compra de un coche no responde a una pulsión irrefrenable. Se trata de una transacción meditada que surge de la ilusión pero también de la comparación con otros vehículos del mercado. ¿A qué responde esa peregrina idea que una persona que se encuentra en su ámbito doméstico va a sucumbir a la tentación de una compra de bastantes miles de euros por una simple llamada telefónica? ¿Y qué extrañas razones de seguridad obligan a la grabación de esa conversación? Pensé que estábamos volviéndonos locos. Pero al día siguiente, por una cuestión profesional del ámbito periodístico, tuve que pedir cita con la responsable de comunicación de una importante entidad bancaria. El primer buenos días era otra voz femenina que me indicaba que las líneas en aquel momento estaban ocupadas y que no me retirara, pero que tuviera en cuenta que a partir de aquel momento, y de nuevo a causa de las misteriosas razones de seguridad la conversación iba a ser grabada. Probablemente alguno de mis lectores en Tecnonews debe saber el origen de esa manía registradora. Si es así, les ruego que la cuenten, porque cuando el público no entiende las cosas el resultado suele ser contraproducente. Porque ya hemos entendido que las razones de seguridad de un banco se basan en garantizar la integridad del dinero depositado. Para ello nos hemos acostumbrado a poner buena cara ante las cámaras de las oficinas. Pero, precisamente ahora que en los bancos hay más vajillas y regalos que dinero físico, que extraña inseguridad puede producir una llamada telefónica. Más bien es al contrario: con una advertencia de grabación de esa magnitud la inseguridad se transfiere al cliente. Y un cliente inseguro es, sin duda, un mal cliente. La mayoría de nosotros entiende que una llamada pongamos por caso a la Presidencia del Gobierno o a la Casa Real o a la propia Policía va a significar un seguimiento potencial de nuestro teléfono. No en vano el insulto, siquiera sea telefónico, a una autoridad es un delito. Y esa precaución es tan evidente que, en el supuesto que se llegara a establecer contacto con los subordinados de estos personajes, jamás se haría la más mínima mención explícita al hecho de que nuestra conversación está siendo grabada. Se da por supuesto. ¿Qué está sucediendo entonces? ¿Acaso nos encontramos con una muestra de papanatismo de empresas que, para darse importancia, hacen creer que deben defenderse de la llamada del cliente? Hay propietarios de casas con jardín que advierten a los transeúntes “Cuidado con el perro” cuando saben que en realidad la única mascota de la que disponen es la de una pareja de canarios. Lo curioso es que se aplique esta fórmula basada en la desconfianza en el mundo de las transacciones comerciales, ahí dónde precisamente el éxito se basa en la confianza mútua y la buena fe entre comprador y vendedor. Y no es menos curioso que esa advertencia al registro electrónico de nuestra conversación no sea advertido por los innumerables call-centers que nos rompen la siesta, que nos ofrecen una y otra vez servicios que no queremos y que consiguen que acabemos mirando el aparato telefónico con una mezcla de temor y de espía doméstico.