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Entre la Academia y la taberna

Escrito por JOAN BARRIL el 06/10/2010 a las 00:53:26
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Hace algunos años, cuando el correo postal experimentaba sus últimos estertores, solía recibir en la redacción del diario “El Periódico” algunas cartas de los lectores que matizaban, se quejaban o hasta incluso –cosa extraña- mostraban su acuerdo con lo que yo había escrito. Sin embargo, durante unos meses, se produjo una circunstancia curiosa. Entre las cartas recibidas, con una cadencia diaria, empecé a recibir cartas anónimas de contenido extraño. Eran cartas extensas, escritas a mano y a menudo con alguna palabra subrayada con tinta de distinto color. Como ya he dicho no había firma que las autentificara, pero la firma había sido substituida por un dibujo, siempre el mismo, que venía a recordar un viejo escudo de armas. El problema era el contenido. Se trataba de supuestas reflexiones sobre alguno de mis artículos. Pero a medida que avanzaba el texto aquellas reflexiones se convertían en invectivas cuando no en puras y simples amenazas o insultos. Sin duda se trataba de la correspondencia de un loco, pero la locura ajena no nos exime del temor propio. Lo comenté con mi director, entonces Antonio Franco, y éste me abrió uno de los cajones de su despacho y allí aparecieron con la misma caligrafía y el mismo escudo de armas, otras cartas que el mismo corresponsal le había escrito. No eran las mismas cartas, pero el tono amenazador era parecido. La grafomanía del autor demostraba una capacidad preocupante. Era evidente que nuestro desconocido corresponsal invertía muchas horas diarias a enmendarnos la plana a Franco y a mi. Convencidos que nos encontrábamos ante un sociópata pusimos las cartas en manos de la policía. Nunca más supimos nada, pero lo cierto es que las cartas dejaron de llegar, lo que no implica que las cartas dejaran de escribirse, porque siempre pensé que, con su sagacidad y bonhomía, mi director había dado instrucciones al personal de “El Periódico” para que cribaran la correspondencia y me aliviaran de unas cartas que empezaban a hacer mella en mi carácter y, por qué no decirlo, en la calidad del trabajo de escribir. No en vano, cuando nuestros actos están fiscalizados, acabamos obrando con una prudencia que distorsiona nuestro pensamiento. Hoy, cuando el género epistolar sobre papel ha quedado limitado a extractos bancarios y a anuncios de boda, observo con sorpresa la lentitud de las leyes protectoras de la correspondencia. Existe el delito de violación de correspondencia y los insultos o amenazas escritos sobre papel pueden ser motivo de una persecución penal. Mientras tanto las comunicaciones en la red se consideran inocuas e inofensivas. No importa que una falsedad se arrastre durante años o que un buen día nuestro propio nombre salga en Google asociado a la palabra “violación” simplemente porque coincide con el nombre de un auténtico violador homónimo del primero. Una multa al servidor y quedamos a la espera de otra barbaridad estadística. El acierto de la pantalla es rápido y eficaz, pero la falsedad intencionada tiene una vigencia mayor que los isótopos radiactivos. La prevención y el tacto que solemos aplicar a las comunicaciones escrfitas desaparece en el momento en el que llegamos a la pantalla y nos dejamos llevar por los primitivos sentimientos de todos los pecados capitales. El artículo de la semana pasada publicado aqui, en Tecnonews, sobre la admonición telefónica con la que algunas casas comerciales –en el caso que nos ocupaba era Mercedes-advierten al futuro cliente de la preceptiva grabación de la conversación, provocó algún comentario de algún lector. Me satisfizo la intervención de un miembro de esa comunidad acogida bajo el paraguas de Tecnonews. Decía que estaba de acuerdo con lo que yo había escrito. Su nombre, tan ingenioso como acostumbra a ser la casualidad de la naturaleza, casi parecía un nickname, un seudónimo que indicaba un carácter tan provocativo como el mío: Armando Guerra, decía llamarse. Pues bien, el bueno de Armando Guerra, tras manifestar la misma perplejidad que yo ante esa curiosa costumbre inhibidora de los posibles deseos de compra, acababa su intervención con una frase parecida a “¿Quién te lo iba a decir, amigo Joan, que llegaría un día en el que irías de Mercedes en Mercedes?” Era una advertencia jocosa, propia de la camaradería necesaria entre lector y escritor. Así, al menos, la quise entender. Por un momento pensé que esas palabras eran un poco injustas. Yo hubiera podido escribir el mismo artículo sin necesidad de hablar de un coche cuyo valor de cambio le asocia con el lujo. Al fin y al cabo no era necesario decir la marca para denunciar la práctica comercial de la grabación. Pero Armando Guerra, en su comentario que quiero creer innocente, vino a mostrarme ante los ojos de otros lectores como un advenedizo de la fortuna, un escalador que había salido de la nada y que ahora se jactaba de la posesión de un Clase A. Por si fuera poco, me tuteaba. Igual que hace Vueling en sus comunicaciones megafónicas con sus pasajeros. Pasado mi primer momento de suave enojo y entendiendo que el comentario hubiera calado perfectamente en una tertulia de taberna, regresé mentalmente a aquel aciago momento de las cartas manuscritas y recibidas en la redacción de “El Periódico”. El corresponsal de entonces era un desconocido. Armando Guerra, por el contrario, es uno de los nuestros. Su humor no es distinto al mío. Pero no obstante me pregunto si, llevados de la ilusión de ser los descubridores de la pantalla, no estamos perdiendo la oportunidad de dotar al lenguaje telemático de unas nuevas normas de buena conducta que vayan más allá de los infantiles emoticones. Porque este foro que es Tecnonews no es cualquier cosa. Se da por supuesto que acceden a él personas interesadas en las nuevas tecnologías y que aspiran –incluso yo- a que mejoren. Es decir, personas cuya obligación moral y profesional es enseñarnos a separar el grano de la paja, el rigor de la zafiedad, la verdad del rumor, y el argumento sereno de la francachela irrespetuosa. Y sin embargo, algo debe tener el anonimato y esa necesidad de rapidez en la respuesta para que incluso algunas de las mentes más brillantes de la nueva tecnología acaben convirtiendo la pantalla en la puerta interior de un water de supuestos caballeros.