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El dia que Bill Gates conoció a Mariano José de Larra

Escrito por JOAN BARRIL el 24/11/2010 a las 00:04:38
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Hace un par de semanas la ministra Elena Salgado anunció que el gobierno del que forma parte tenía un plan. Se reconoce la eficacia de los gobiernos por la desproporción entre planes y realizaciones. Más de un ministro está convencido que basta tener un plan para que los problemas se solucionen, cuando en realidad cada nuevo plan comporta también nuevos planes que a la larga acabarán poniéndole en cuestión.

 

 

El plan del Gobierno hacía referencia a la productividad de los funcionarios. Consistía en establecer una serie de baremos que permitirían evaluar la eficiencia de la gran maquinaria administrativa y, en consecuencia, de proporcionar a los funcionarios una compensación económica tanto mayor cuánto mayor fuera su productividad. En tiempos de recortes presupuestarios este tipo de planes son contradictorios. Por una parte se procede a una reducción o una congelación de las nóminas de los funcionarios y de los salarios de los trabajadores de empresas subsidiarias. Pero por la otra se anuncia el interés gubernamental de fiscalizar la actividad de las capas más precarias de los organismos del Estado. Es lo que en la jerga periodística se denomina "un globo sonda". Se anuncia un plan a bombo y platillo y de esa manera se intuyen cuales van a ser las reacciones de los afectados, de los sindicatos y de la ciudadanía en general. ¡Qué lejos quedan aquellos tiempos en los que ser funcionario era sinónimo de seguridad y de tranquilidad! ¡Qué buen partido para las jóvenes casaderas liarse con un funcionario! La señora Salgado y compañía se han sacado de la chistera la dichosa palabra "productividad" y de esa manera ofrecen a los ciudadanos una imagen de rigor que a la hora de la verdad no podrán cumplir.

 


Lo primero que se nos ocurre cuando escuchamos lo de la "productividad" para los funcionarios es el riesgo que los guardias civiles o los Mossos se dediquen más a multar que a prevenir, en el bien entendido que la rentabilidad productiva de muchas multas debería compensarse. Los sindicatos de funcionarios por su parte nos recuerdan que ya existen suficientes mecanismos de control para la tropa de trabajadores de la administración. ¿O es que acaso la ficha de entrada y el control horario no es una manera de obtener una correcta radiografía del absentista? Pero ese es un argumento falaz. ¿Cuántas veces el funcionario se encuentra en su puesto de trabajo aun habiendo llegado a la hora? La tardanza de ciertos expedientes, la demora en resoluciones que el administrado espera, no son el resultado de cumplir un horario sino de cumplir con celeridad y eficacia las funciones que la cadena administrativa tiene encomendadas en un país que arrastra una burocracia excesiva. En otras palabras: que el globo sonda del Gobierno, por más cargado de buenas intenciones que llegue, no deja de ser una puerta abierta a la arbitrariedad.

 


El globo sonda de Salgado está anclado todavía en la burocracia del siglo XIX que tan bien describió Mariano José de Larra antes que se levantara la tapa de los sesos. Entre otras cosas porque las oficinas públicas pero también privadas cuentan con sistemas informáticos que, correctamente usados, deberían reducir el tiempo de espera. Hoy la productividad del papeleo no depende exclusivamente del funcionario sino de dos causas superiores: una es la necesaria simplificación de los trámites y la otra es la capacitación de los trabajadores con el sistema y la máquina. Y una causa todavía más importante: la escasa importancia que los grandes ingenieros informáticos demuestran para que los sistemas sean comprendidos fácilmente por los que los utilizan y por los que han de comprenderlos.

 


El otro día asistí a un ejemplo -en el ámbito de una gran corporación privada dedicada a la banca- de este tipo de disfunciones. Se trataba de un trámite minúsculo, concretamente la adquisición de una tarjeta que me permitiera operar desde mi domicilio para comprar, por ejemplo, un billete de ferrocarril o algunas compras menores. Hablábamos con el delegado de la oficina, un hombre que en otras ocasiones había demostrado estar bien informado sobre el mundo y sobre sus clientes y con el que habíamos mantenido alguna conversación en torno a los trabajos de Mandelbroth y sus teorías sobre fractales. Un aficionado a la cultura de un nivel notable, para entendernos. Pero algo estaba fallando en el sistema de aquella entidad o de la habilidad informática de mi querido interlocutor. Le dije que para sacar un billete de AVE todavía existía un sistema muy útil llamado teléfono y que la informática había conseguido entrar en la vida cotidiana gracias a los cajeros automáticos y que, para qué queríamos más. Vamos: que yo, personalmente, renunciaba a algo tan difícil que ni el delegado sabía solucionar. Pero mi mujer está fascinada por hacer las cosas desde su ordenador como si viviera en el gran desierto de Australia y el delegado, moralmente desafiado por la máquina, insistía en encontrar la solución del problema. 
 

 

Tardamos una hora y media. Finalmente salimos de allí con la dichosa tarjeta y el delegado nos despidió con una sonrisa victoriosa. Mientras tanto, su oficina se había ido llenando de clientes. Al fin y al cabo la informática sirve para reducir nóminas, pero los clientes todavía tenemos ganas de mirar a los ojos del bancario. Aquella hora y media, ¿puede calificarse como una hora y media productiva? ¿Cuántos errores de concepto o de introducción de datos no acaban significando un mayor tiempo y una mayor inseguridad para unos y otros? De su jornada laboral, el delegado de aquella sucursal bancaria, debió descontar una hora y media de improductividad. Traspasemos esa hora y media diaria potencial entre los miles de funcionarios que se encuentran ante pantallas abstrusas y analicemos de qué manera va a poder medirse la productividad de los funcionarios. A veces hay progresos cargados de futuro, pero alguien se interpone en las rutinas.
 Ante este tipo de disfunciones ya hace tiempo que he dejado de irritarme. Todo lo más algún pequeño comentario entre la comprensión y el sarcasmo. Tal vez los problemas de esa falta de productividad que el Gobierno quiere atribuir exclusivamente a los funcionarios no se aviene con la necesaria humildad con la que ese mismo Gobierno ha de revisar sus protocolos y sus sistemas. ¿Vale la pena recordar ahora el fracaso de la consulta ciudadana informática que el Ayuntamiento de Barcelona auspició para reformar la avenida Diagonal a lo largo de una semana? Los funcionarios que se dejaron la piel y el sueño asesorando a la gente perpleja respondían a la productividad que se esperaba de ellos. Pero fue un sistema chapucero y poco contrastado el que humilló al alcalde y sembró de dudas el proceso de participación.
 Por más globos sonda que se lancen al aire señalando con el dedo a cientos de miles de funcionarios supuestamente vagos y absentistas, alguien debería empezar a pensar en las razones últimas de la lentitud administrativa. De lo contrario un ordenador no dejará de ser una herramienta decorativa en el paisaje de las oficinas y un pretexto fácil para rehuir responsabilidades.